




Perry Máson
Hoy es jueves. ¡Que bién! Voy a ir con mi madre a casa de mi hermana Pepi a ver Perry Máson.
Naturalmente al principio de la televisión, no todo el mundo podía tenerla. El capital aprovecha las novedades para poner las cosas a unos precios exagerados.
Y nosotros, las cuatro perras que yo ganaba, más la ayuda económica de mi tía Isabelita y mi hermana Pepi, servía para que no nos faltara de nada, pero no para gastárnoslo en cosas superficiales como una televisión.
Pero a mi me gustaba mucho la serie de Perry Máson y el día que lo ponían, mi madre y yo íbamos andando a casa de mi hermana. Salíamos de casa, atravesábamos las vías del tren por la pasarela (puente peatonal de hierro que todavía existe) y llegábamos a la casa de mi hermana en la calle de Los Centelles.
Y Paquito miraba extasiado aquel aparato que hacía unos meses no podíamos ni soñar. Ya lo decía una cancioncita que ya hace siglos que no escucho...
"La televisión, pronto llegará, yo te cantaré y tu me verás".
Y efectivamente, por aquella pantalla podíamos ver a "Mister Ed", un caballo que hablaba, heredero de la película de la Mula Francis, a Erta Frankel y sus muñecos, con Pepito y la perrita Marilyn, pero sobre todo a Perry Máson, el abogado que siempre resolvía el caso cuando a los tontos de los policías los había engañado el malo y habían confundido al asesino cuando encontraron al "ocsiso".
En aquella temporada tuvimos que aprender muchas palabras sudamericanas porque las películas venían traducidas y habladas desde Argentina o algún otro de los países ispanoparlantes de sudamérica.
La televisión era en blanco y negro y cada vez que cambiaban de lugar de emisión, de Madrid a Barcelona, nos tirábamos media hora con una cartita de ajuste y alguna melodía tonta. Estos espacios se hacían interminables. Pero nosotros seguíamos pegados al televisor hasta que salía un espacio que se llamaba "últimas palabras" o algo parecido, un letrero de despedida que te decía que "con esto y un bizcocho hasta mañana a las ocho" y dejaban de emitir. ¡Y todavía seguíamos unos minutos mirando embobados la pantalla con los puntos de no haber emisión y el bbbzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz.
Después, mi madre me ponía el abrigo y la bufanda, mi hermana le daba dinero para que cogiéramos un taxi y nos íbamos para casa.
Era el momento en que mi madre me decía...
-Ves Paquito , la Pepi me ha dado dinero para coger un taxis, pero nos vamos andando y así podemos emplear este dinero en otra cosa.
¡Menos mal que entonces podías ir por Valencia con toda la tranquilidad del mundo! Ahora esto sería impensable, una mujer guapa y un jovencito (prácticamente un niño) sin lugar a dudas serían asaltados por aquellos lugares sin un alma y de noche. Entonces, ni nos pasaba por la cabeza que alguien pudiera hacernos nada, ahora podríamos sentirnos afortunados si solamente fuéramos asaltados y nos dejaran vivir. ¡Progreso?
Francisco Oltra Mollá
El futuro imperfecto 2: Tres historias.
...de un futuro más que probable. Tres épocas de ese futuro que nos espera y que pensamos que ya es imposible el poder cambiar. Un futuro cercano en el que todavía puede quedar algo que destruir, un futuro siguiente en el que los bionicos ya nos habrán superado y otro en el que, quizás, la tierra no sea este planeta.
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