Sonia
Hoy ha salido fresco -piensa mientras se dirige hacia ca se Máxima- No es mala mujer pero me está siendo muy difícil soportarla. Quizás con el tiempo la entienda más. Echo mucho a faltar mi pueblo. Ahora todavía estará nevado, al menos algunos tejados, y el rincón de la iglesia que, como no le da nunca el sol, hasta mediados del mes que viene no se habrá derretido. Espero que Doña Máxima hoy esté de buen humor.
Y cruza rápidamente la calle para evitar los tranvías que todavía la asustan con sus chirridos metálicos.
Una oportunidad -sigue pensando- eso le dijo el cura a mi padre. Su hija tiene una oportunidad, es una casa muy seria. Yo conozco a Doña Máxima y se que es una buena mujer. Necesita una chica que le haga compañía, le limpie la casa y si sabe algo de cocina tendrá un buen sueldo. Su marido era muy rico pero malgastó una parte de su herencia con cosas que mejor no pensarlas. Murió hace cinco años. A su mujer le ha quedado una renta más que suficiente y un par de pisos que tiene alquilados. Ella vive en el que heredó de su madre que, para ella, es más que suficiente y le ofrece muy buenos recuerdos de cuando era una niña.
Sonia no puede quejarse, es verdad que Máxima es, a veces, difícil de tratar. Pero ella trata de comprenderla. Es mayor, las posibilidades de que encuentre algún motivo que le cree alguna ilusión en la vida, es muy remota. Como su abuelo le dice muchas veces “Cariño, dale tiempo al tiempo”.
Veamos de que humor se ha levantado hoy la señora -piensa.Y continua su camino bajo la tenue llovizna que no es suficiente para abrir el paraguas y que tampoco serviría de nada porque el viento la lleva de un lado a otro mojando por igual el pelo que los zapatos.
