Máxima
Máxima esta dando vueltas por la casa. Con poco más de setenta metros sin contar el balcón a la calle ni la pequeña terraza que da al campo, la casa está recorrida en un minuto. No sabe que hacer, no tiene ganas de nada, no tiene ganas de salir, ni tiene ganas de quedarse en casa, no sale a la terraza porque teme que la vecina de arriba esté en la galería y, por educación, tenga que soportar su charla de persona que ya debería de estar en un manicomio.
¡Cuánto está tardando Sonia! Mira el viejo reloj de cuco que le trajo su marido de un viaje, de negocios “según el”, a Alemania. Marca las tres y cuarto, otra vez se ha olvidado de darle cuerda, aunque muchas veces ha estado a punto de tirarlo por la ventana para que no le recuerde capítulos de su vida que preferiría olvidar. Otras veces lo ve con cariño pensando en su hijo que, por culpa de la bruja de su mujer, no lo ve más que una o dos veces al año cuando viene de Madrid, donde trabaja.
Si no hubiera sido por culpa de su nuera, seguramente que habría continuado con el negocio de su padre aquí en su tierra pero. Aquella conversación que tuvo a solas con ella y solamente con una frase, le había aclarado como sería su vida con su hijo, en un futuro cercano.
-Máxima -le dijo con ese descaro y falta de educación hacia una persona mayor que ella no podía comprender y que no había escuchado nunca en su vida- tú, mejor que nadie, conoces que un matrimonio, para llevarse bien ha de cumplir el principio de “la familia, poca y lejos”.
Conforme lo pensaba se iba enfadando más con ella misma y a la vez, al comparar a “esa persona” con la chica que estaba actualmente con ella, empezó a comprender que debía tratarla lo mejor posible porque había que reconocer que se lo merecía.
Se dirigió a la cocina y comenzó a preparar una café “de calcetín”. Ya no se preparaba así, ahora se hace con esa cafetera que llaman Italiana pero que a ella la asusta porque “puede explotar”. Hirvió el agua, molió el café con el molinillo y abocó del pequeño cajón el resultado, casi polvo, dentro de la manguita, la introdujo en un vaso dejó caer dentro de ella el agua caliente. La tela filtró el agua y llenó el vaso con el fantástico aroma del café recién molido.
En ese momento escucho abrirse la puerta. Lo chica tenía su llave y había llegado.
-¡Sonia! -llamó- Ven a la cocina, tengo café recién hecho.
Y Sonia aparece en la cocina intentando no demostrar el asombro que le ha producido el encontrar a su jefa con tan buen estado de ánimo.
-¡Gracias señora! -exclama.
Máxima, con un gesto le indica que sienten en el comedor. Se sientan y las dos prueban el café.
-¡Señora -le dice la joven- es el mejor café que he probado en la vida!
-Si, -contesta Máxima- pero cuesta mucho de hacer. Vamos a ir a comprar una cafetera de esas que llaman Italianas. Porque tú sabes gastarla ¿verdad?
Y Sonia asiente con la cabeza y se lleva la taza a los labios para intentar que no se note el asombro que le ha producido este cambio tan grato como inesperado.
