Encarna
Es pronto. Encarna mira el viejo despertador de su mesita de noche. Lleva parado mucho tiempo. Ya no le da cuerda. ¿Para que? Al fin y al cabo hoy solamente tendrá que limpiar un poco la casa y comprar algo de arroz en la tienda del tío David. Se sigue llamando así a pesar de que él hace ya un par de años que ni tan siquiera habla. Nadie sabe el por que, pero cuando cumplió los ochenta dejo de hablar y se pasa el día sentado en su silla de enea a la puerta de la tienda. Todos le saludan y el hace como que no escucha.

Encarna lo envidia. Al menos a él la gente le habla, pero a ella, aparte de saludarla, no le dicen nada. ¿Quien puede perder el tiempo con una mujer que no tiene nada que decir?

Su hermana, más joven que ella murió hace un par de años y sus sobrinos han olvidado ya donde vive la tía Encarna.

¡En fin! ¡Menos mal que todavía le queda su gato Marcelo que la acompaña y calienta en estas noches de otoño en las que todavía hace bastante frío!

-¡Quitate Marcelo!

Dice mientras se incorpora y aleja la ropa de la cama de su cuerpo. Alarga la mano a la silla donde descansa su albornoz. Se lo pone y sale de su cuarto pero antes mira a ver si Marcelo sigue encima de la cama. No está, ya se ha ido. Seguro que ya habrá salido por la galería buscando alguna gatita guapa. ¡Hay este Marcelo!

-¡A ver si me haces caer demonio! ¡Que no me fío de ti! Acuérdate que hace unos años me hiciste caer y aun me duele el brazo.

Pero en realidad no corre ningún peligro con Marcelo porque hace ya tres años que murió pero ella se niega a admitirlo y todavía lo nota en su cama cuando, quizás su fantasma, se acuesta a su lado y nota, a pesar de las sábanas y mantas, su calor.

Pero no hay que dormirse. Ahora tiene que limpiar un poco la casa porque mañana es domingo. Primero irá a ver a unos amigos que la esperan. Pero quizás sea mañana el día que vendrán a verla sus sobrinos, o sus amigas de aquellas tardes en que se juntaban a jugar a las cartas. Lo ha de tener todo muy limpio porque quizás es mañana el día en que vendrán a verla.

Mientras pasa el trapo del polvo por encima de los muebles piensa que no va a bajar a comprar el arroz. La rodilla le hace daño y se lo podría pedir a la vecina de arriba y así la hará compañía un rato. Cuando compre ya se lo devolverá. Seguro que agradecerá que esté unos minutos con ella y así que se desentienda de ese niño tan revoltoso que tiene.

Busca una taza para subir y cuando alarga la mano para abrir la puerta oye que bajan por la escalera y el niño, saltando de tres en tres los escalones, va diciendo...

-¡Tíos, tíos menos mal que habéis venido! Me estaba aburriendo un montón. ¿Dónde vamos?

¡Lastima! Piensa, nos habríamos pasado un rato agradable hablando un poquito. Bajará a la tienda. Casi mejor porque la vecina no para de hablar y a ella la marea.