Andrés
Andrés se despertó de mal humor.
¿Quien demonios estaba llamando a su puerta? Era sábado. Había trabajado toda la semana y este día quería dormir hasta las doce como mínimo. Tenía mucho en lo que pensar. Había decidido emigrar a Alemania. Su amigo Esteban le había escrito y le decía que estaba muy bien. Ganaba mucho más que en España y una parte se la mandaba a sus padres, que le habían abierto una cartilla en el banco para que tuviera un dinero cuando decidiera regresar.
Él no tenía intención de regresar. Su vida aquí no le había reportado muchas alegrías y su casa era un pequeño infierno con su padre alcohólico y su madre con su modo de hablar normal chillando y maldiciendo su vida que, según ella,habiendo sido una santa, le había proporcionado tantas penas. Claro que, según su padre, el terrible carácter de su esposa era lo que le había llevado a evadirse con la bebida.
Hoy no tenía ninguna necesidad de averiguar quien le llamaba a la puerta. Era Juanito sin ninguna duda. No pensaba abrir. A ver si podía dormirse otra vez, aunque lo dudaba. Estaba muy nervioso por muchas cosas. Había logrado reunir unos ahorros que le permitirían adquirir los pasajes que necesitara para llegar a Alemania y allí, seguramente, comprar una moto para poder ir a trabajar. También, el hijo del dueño de la empresa donde estaba trabajando, que era un buen amigo, le había ofrecido venderle su moto que el ya no gastaba, por una cantidad ínfima, para que pudiera irse con ella. Y todo dependía en este momento de unas cuantas cosas que tenía que concretar.
La principal era una carta de su amigo. En ella le contestaría si le había podido apalabrar un puesto en la fábrica de coches en que él estaba. Si era afirmativo el viaje estaba asegurado. La fecha dependía de otras cuestiones, por un lado menos importantes respecto al viaje y por otras mucho más si dependían del sentimiento. Su padre ya conocía su proyecto y estaba de acuerdo, pero últimamente algo no le funcionaba demasiado bien en el corazón. No le gustaría dejar a sus padres en un momento delicado. Y por otro lado tenía una muchacha que no quería perder y dudaba mucho de que quisiera esperar a que regresara habiendo reunido el suficiente dinero para pasar una vida de lujo y placeres.
Así pues, se dio una vuelta en la cama, se arrebujó con la sábana y las mantas e intentó seguir durmiendo.
