Recordar
La buena suerte libra a muchos del castigo, pero a nadie le libra del miedo.(Séneca)

Amistad-¿Cómo sigue mi padre? -preguntó Roger al médico y amigo de la residencia en que lo atendían.

-Como siempre, ya sabes que, de momento, no existe una cura real para la enfermedad de tu padre, porque tampoco está claro el motivo del olvido. Tiene una enorme depresión y, puede ser que, en un momento determinado decidió olvidar; unido a un principio de Párkinson.

-Lo sé Antonio, es que últimamente me ha parecido que recordaba algunas cosas. Pensé que sería de la nueva medicación que me dijo que le iban a suministrar. En fin, voy a darle una vuelta por los jardines.

-Hasta ahora Roger, aquí estoy para lo que me necesites, pero no te vayas sin hablar conmigo, es que todavía no le hemos puesto la nueva medicina y querría comentártelo.

Roger subió al segundo piso, habitación 245. Entró sin llamar, pues ya sabía cómo iba a encontrar a su padre.

La habitación era pequeña, pero limpia. Un armario, una cama, dos sillas y una mesa camilla. En una de las silla se encontraba su padre, la vista fija en la ventana, cómo siempre, quieto, sereno. Una de las manos golpeaba levemente la mesa con la cadencia que da un ligero Párkinson.

Roger se sentó enfrente del viejo y le miró fijamente.

-¡Hola papá! ¿Cómo te encuentras?

Ni por un momento supuso que le podría contestar.

-¡Hola!, ¿Quién eres? -dijo el viejo.

La sorpresa dejó a Roger paralizado por unos segundos.

-Soy yo, papá, tu hijo, Roger.

-Hace mucho que no veo a tu madre.

-Ya vendrá, papá.

María, su madre, había muerto hacía ya quince años, cuando él tenía 14. Desde entonces su padre había cambiado, de ser un hombre alegre y amigo de todo el mundo, se había vuelto huraño, encerrado en sí mismo, pendiente en grado extremo de la educación de su hijo y, más tarde, de su carrera de arquitecto.

Roger fue de los mejor calificados de su promoción, podía haber continuado con becas que le fueron ofrecidas y haberse doctorado y ampliado estudios fuera de España, pero no quiso para poder estar cerca de su padre.

Su madre murió en un accidente. Su padre se sintió culpable porque la llamó desde un extremo de la calle y, al cruzar, fue atropellada por un conductor que se dio a la fuga y que nunca fue encontrado. Después, su padre pasó una temporada terrible Se despertaba por la noche con sudor frío y gritando “¡Párate, párate, yo tengo la culpa!”.

Roger fue un hijo tardío, su madre tenía 41 años cuando quedó embarazada y no se lo esperaban; después de haber estado tantos años deseándolo y sin poder tenerlo.

Su padre le llevaba muchos años a su madre, cerca de dieciséis, y él la recordaba cómo una mujer muy hermosa, de rubios cabellos largos, y alegre cómo unas castañuelas.

A veces se extrañaba que se hubiera casado con su padre que, a pesar de la buena voluntad que tenía en hacerla feliz, muchas veces la veía sentada, mirando por la ventana, sumida en sus pensamientos, cómo ahora veía a su padre.

Recordaba cuando, algunas veces, venía del colegio, se acercaba a su madre, y le preguntaba.

-¿Qué te pasa, mamá?

-Nada hijo, solo estaba viajando.

-Pero estabas aquí, mamá.

Ella le sonreía y todavía recordaba algunas de las historias que le contaba.

-También se puede viajar con la imaginación Roger. Hace un momento estaba atravesando unas montañas con un caballo blanco, corríamos por una garganta que había abierto un antiguo río del que solo quedaba un pequeño arroyo. Delante de nosotros, un grupo de gacelas parecían volar con sus patitas largas y gráciles, de pronto extendieron una grandes alas y comenzaron a volar haciendo pasadas en círculo sobre nosotros dándonos sombra, y dirigiéndonos no sabíamos adonde. Pronto llegamos al final de la garganta y vimos un hermoso valle en el que revoloteaban mariposas gigantes, y los monos leían libros encaramados en las ramas de los árboles...

Roger sonreía recordando estas historias y otras parecidas y después rió lo mismo que cuando era un niño, solo que ahora no estaba su madre para reír con él y acariciarle las mejillas, y terminar metiéndole un dedo en la oreja al tiempo que decía...¡chuqui, chiqui, chuque, chu, el más tontito, eres tú!

Su padre seguía con la mirada perdida y el ritmo de sus dedos sobre la mesa se clavaba en el cerebro de Roger.

-Me voy papá, voy a hablar con el médico y me voy. Vendré algún día, si puedo entre semana y si no, el sábado o el domingo que viene.

Se levanta, le dirige una última mirada a su padre y sale al pasillo en dirección al despacho del doctor.


-Adelante Roger, siéntate -le dice el doctor.

-Tu me dirás, Antonio. ¿Algo bueno o algo malo?

-Pues pienso que podría ser bueno. Hemos recibido un nuevo medicamento que ha terminado su fase experimental. Algunos compañeros ya lo han probado y me hablan maravillas. Yo pienso que tu padre es el paciente ideal para comenzar el tratamiento. Su función, en lenguaje corriente, es alimentar de algún modo las células cerebrales que se encargan de la memoria. Tu padre, por su edad y por su enfermedad, es normal que haya perdido memoria, pero no tanta. Es cómo si algo le impidiera recordar, dicho de otro modo, la cañería esta obstruida, podemos intentar desatascarla o hacer pasar tal cantidad de agua que arrastre el posible atasco. Esa es la función de esta medicina.

-Adelante Antonio, empieza cuando quieras. Me gustaría volver a encontrar a mi padre, aunque fuera por algún tiempo.

-Vale pues. Te llamaría si vemos cualquier síntoma que te pueda interesar.

Aquella noche Roger la tuvo llena de pesadillas. Recordaba el momento en que le dijeron que su madre había sido atropellada por el coche. Recordó a su padre roto por el dolor en el sofá del comedor, y las veces que la policía vino a comunicarle que todavía no habían encontrado al conductor borracho que, haciendo caso omiso del paso de peatones, se había llevado la vida de su madre: eran las cuatro de la mañana, y estaban preparándose para salir a las cinco y media con Roger, a tomar el vuelo a París para llevarlo a Disneylandia.

Mil veces le preguntaron si había podido ver la matrícula del coche o algún dato que les sirviera. Los vecinos les indicaron que casi todas las noches pasaba un gamberro, seguramente borracho, con una furgoneta blanca, pero su padre la descartó; el coche era oscuro y no era tipo furgoneta.

Después de tantos años, a Roger no le quedaban ánimos de venganza, pero se planteó varias veces la posibilidad de que, en el fondo de la mente enferma de su padre, pudiera recordar algo que les llevara, al menos, a saber qué cara tenía el sinvergüenza que la atropelló y no fue lo suficientemente humano cómo para parar.

Algunos vecinos, al oír los gritos de su padre, se levantaron y se asomaron a las ventanas. Y todavía alcanzaron a ver, o más bien a oír, al coche que hacía chirriar sus neumáticos y desaparecía por la revuelta del final de la calle.

En aquel entonces ellos vivían en una urbanización de Torrente, modesta, pero que a el le encantaba, con sus casas separadas entre sí, su garaje y su jardín. Algo mucho mejor que él piso al que se trasladaron después, más cerca de la universidad pero, sobre todo, porque los recuerdos de su esposa estaban acrecentando cada día la depresión de su padre.

Durante unos meses la policía les mantuvo al tanto de las averiguaciones que se hacía. Preguntaron en los talleres de coches, aseguradoras, sospechosos, etc... al final solamente había cinco personas que, según la policía, podían haber atropellado a su madre. Pero no pudieron probar nada y el caso se cerró sin aclarar.

Ahora, después de tantos años, Roger esperaba que, si la medicación podía traer del limbo en que estaba, a su padre, habría olvidado algo a su esposa y, al menos, podría acompañarlo al altar cuando se casara con su prometida, quizás en un par de meses o tres, algo más si lo necesitaba su padre para estar mejor.

No hacía falta que diera discursos ni que bailara en la ceremonia, solo que estuviera con él. Era la única familia que tenía. No había conocido a sus abuelos, tanto su padre cómo su madre eran hijos únicos y sus bisabuelos habían venido a Valencia, unos desde Aragón y otros de Ávila. Eso era todo lo que sabía.

El resto de la semana transcurrió sin ningún incidente: llamó al médico un par de veces pero le comentaron que era pronto y su padre seguía exactamente igual.

Pero aquel sábado, de madrugada, sonó el teléfono. Era el doctor Antonio, su amigo.

-Roger ¡Ven enseguida! Tu padre está cómo loco. Ven a ver si consigues calmarlo, no hace más que repetir ¡Canallas! ¿Qué me habéis dado? ¿Qué hago aquí? ¡Yo tengo la culpa! ¡No pases, no pases, no pases!

Roger se vistió rápidamente, bajó de dos en dos las escaleras y salió con su coche .a toda velocidad camino de la clínica residencia de su padre.

Llegó a las cinco y cuarto de la mañana. Había sido una suerte que, a esas horas, la ciudad estuviera durmiendo, de otro modo podría haber causado algún accidente, y no quería ni pensar cómo hubiera reaccionado al tener sobre su conciencia un caso parecido al de su madre.

Al llegar al cuarto de su padre vio que ya habían conseguido calmarlo, unos chutes de tranquilizantes habían hecho el milagro. Antonio y una enfermera estaban terminando de acostar a su padre que ya no era más que un muñeco roto. Los fármacos y el agotamiento habían podido con él.

-Roger -le dijo António- como ves hemos conseguido calmar a tu padre. Tiene para un par de horas mínimo. Tu verás. Si quieres irte a desayunar o quedarte. No sabemos cómo reaccionará cuando regrese del limbo donde está. Por eso hemos decidido llamarte, porque entendemos, que puede hacerle mucho bien el que te encuentres cerca de él.

-Por supuesto, me quedo , me voy a sacar un café de la máquina del pasillo y regreso. Si veo que se me va de las manos la situación, te llamaré, o al médico que esté de guardia, si te toca descanso.

-Me voy a esperar que se despierte y luego me iré. Es tu padre, y prefiero pasar el fin de semana teniendo controlada la situación.

-Gracias Antonio, eres un buen amigo.

Salieron los tres de la habitación, cada uno a su trabajo y Roger en busca de la máquina automática para tomar un café que lo mantuviera con un buen estado de ánimo.

Regresó a la habitación con el café, se sentó en una de las sillas y fue tomándose el café a tragos cortos porque, estaba hirviendo.

Al poco rato llamaron a la puerta y una solícita enfermera le alargó dos o tres revistas para que se entretuviera. Las agradeció y se preparó a esperar acontecimientos.


Al cabo de una hora y media notó movimiento en la cama. Se levantó y vio con sorpresa que su padre le estaba mirando.

-¡Papá! ¿Cómo te encuentras?

Se sentó en el borde de la cama y cogió las manos de su padre entre las suyas.

-¡Roger, Roger! ¿Qué me han hecho? ¡No quiero estar aquí! ¡Quiero regresar!

-Papá, no te preocupes, no hay problema, nos iremos a casa, has estado muy malo y no recordabas nada, te habías convertido en un vegetal. Hemos conseguido que regreses y que tenga de nuevo a mi padre, te vendrás de nuevo a casa.

-¿Qué dices Roger?.. No me entiendes, no entiendes nada, no quiero cambiar de sitio, quiero estar donde estaba, no se si es un lugar, un estado, o simplemente la muerte. No quiero estar así, no quiero recordar. Lamento que esto lleve también a que te olvide, pero estarás mejor, no vengas, olvida a tu padre.

-Papá ¡No puedes decir eso! Después de lo que hemos pasado, de lo que has luchado por mi. Después de lo de mamá, te mereces ser un poco feliz. Te mereces estar conmigo y mi futura esposa, vamos a comprar un chalet y tendrás tu cuarto. No molestarás a nadie ni nadie te molestará, no tendrás que preocuparte mas que de sacar a nuestros futuros hijos de la habitación cuando te den la lata.

-Sigues sin saber nada de nada. Nunca podré quitarme de la cabeza el que yo tuve la culpa. No puedo vivir con ello y tú me odiarás.

-No digas eso ¿Cómo voy a odiarte? ¿Qué culpa tuviste tu de que pasara aquel conductor borracho y coincidiera con mamá? Tú le pediste que no pasara y ella no te oyó, no podías saber que iba a pasar aquel coche...

-...una furgoneta blanca -dijo su padre.

-Papá, estas equivocado, dijiste que era un coche negro.

-No, era una furgoneta blanca a las cuatro de la mañana, invariablemente cada sábado. Era cuando su dueño, después de emborracharse en su puesto de vigilante, salia para su casa a toda velocidad.

-Pero le gritaste que no pasara. No tuviste la culpa.

-Le grité que no pasara a el, tu madre no podía oírme porque estaba muerta. La había matado yo aquella misma tarde.

La sorpresa dejó medio inconsciente a Roger, no sabía qué decir, un sudor frío empezó a recorrer su frente. Soltó las manos de su padre y se quedó mirándolo fijo a los ojos.

-¡No papá, no es posible!

-Es cierto y no quiero que sepas nada más. Ahora déjame, y dile a tu amigo que no me ponga más eso que me ha puesto, quiero volver a ese limbo en el que estaba, en el que no tengo remordimientos, en el que la mente es un espacio en blanco en el que solamente esperas, ni tan siquiera con miedo o resignación, la muerte liberadora. Y si de verdad me quieres, no vengas más, no me hagas sentir todavía más culpable o que, en momentos de lucidez, tenga el deseo de contarte todo lo que pasó. Vete y olvídame. Si todavía me quieres un poco, ¡Por Dios, déjame!

Roger se levantó, se dirigió a la puerta, miró a su padre y le dijo...

-¡Adiós, papá!

Y quiso escuchar en un murmullo lejano... ¡Hasta eso es mentira!


Han pasado casi cuatro años. Roger se casó y tiene un hermoso niño de dos años. Su padre murió hace tres; poco después de confesarse con su hijo. Continuó yendo a verlo todas las semanas, nunca supo si había perdido otra vez la memoria o no: puesto que nunca hablaba. Pero la historia estaba inconclusa.

Cuando aquel día de otoño llamaron a su puerta, no tenía idea de que su vida iba a cambiar notablemente.

En la puerta, un sacerdote le preguntó su nombre y el de su padre. Al conocerlo pidió, por favor, si le atendería unos momentos en un sitio reservado y totalmente solos.

Pasaron al despacho y el sacerdote comenzó a contar su historia.

-Roger, nosotros no nos vimos nunca, pero yo era, y sigo siendo, el sacerdote que atiende a los ancianos y enfermos en la clínica en la que estaba tu padre. Al día siguiente de la conversación que mantuvo contigo me mandó llamar, y me redactó una carta que tengo aquí. Tenía miedo de olvidar todo antes de poder plasmar en este escrito todo lo que pasó cierta noche.

-Él no me quiso contar nada -dijo Roger.

-Lo se -contestó el cura- y el contenido de esta carta quedó a mi decisión última. Es más, si no lo quieres conocer, aquí mismo quemaremos la carta. Él mismo me lo dijo y me hizo jurar que dejaría pasar varios años antes de preguntártelo. Creo que es el momento y por eso aquí la tengo. Tuya es la decisión.

-¿Qué más puede suceder Padre? Venga aquí esa carta y, esta noche, intentaré estar preparado para conocer la verdad, parte de la verdad, o la verdad que haya querido mostrarme.

El sacerdote alargó la carta a Roger que la tomó cómo si le quemara. Quedó un momento ausente y, después, dio las gracias al cura y le despidió en la puerta de su casa con la promesa de que pasaría a verlo algún día.

Por la noche, en la soledad de su despacho y sin nada que pudiera distraerle leyó la siguiente carta.


Querido hijo:

Lamento que mi debilidad te haya causado un dolor que siempre quise evitar.

Es cierto que yo maté a tu madre. Me hubiera entregado pero esto todavía te causaría más dolor al criarte sin padre. Por eso decidí ocultarlo y dedicarme a ti por entero. No tengo ninguna excusa para lo que hice si no es la ofuscación de un momento de dolor.

Aquella tarde nos fuimos a dar una vuelta con el coche. Yo había estado en el médico y, después de hacerme un reconocimiento por unos problemas de próstata, y cómo cosa que el daba por supuesto que yo conocía, salió a la conversación el que no hubiera podido tener hijos. Procuré no mostrar mi sorpresa porque esto hacía imposible que fueras mío. Si, Roger, verdaderamente no eres hijo natural mío. Luego te indicaré quién es tu padre.

Esa tarde, con la excusa de dar una vuelta, nos fuimos al monte donde quería hablar con tu madre, lejos de ti, o de cualquier persona que pudiera molestarnos.

Le pregunté qué había pasado. Me miró y me dijo lo que yo ya estaba seguro. Había tenido un amante del que quedó embarazada. Ella quería decírmelo, cortar la relación y casarse con su amante del que creía estaba enamorada, pero el muy sinvergüenza se rió en su cara y desapareció.

Sus palabra me atravesaron el pecho cómo un puñal. ¡Saber que llevaba catorce años conmigo sin quererme, aguantándome simplemente por ti! Se que he sido aburrido, no tengo carisma, pero he sido un buen padre y un buen marido. Hubiera sido mejor que me lo hubiera dicho, ahora ya no había manera de enderezar nuestras vidas. A pesar de todo yo la quería y se lo dije, pero ella se negó, dijo que ahora ya no había solución, prefería echarlo todo a rodar, comenzar de nuevo, apartarte de mi y para colmo, dijo que el había regresado, que sus reportajes le habían llevado por todo el mundo y ella quería vivir aventuras.

No pude aguantar más, estábamos sentados en el coche y ella salió y comenzó a caminar por el sendero. Puse el coche en marcha y la atropellé.

Me arrepentí de inmediato y, bajé esperando que estuviera bien, pero no era así. Era demasiado frágil. ¡Estaba muerta!

Entonces es cuando pensé en llamar desde allí mismo a la policía, pero luego pensé en ti y busqué una solución cobarde.

La cargué en el maletero. En casa la bajé en el garaje y la limpié meticulosamente de polvo y posibles matas. Sabía que todos los días, a la misma hora, pasaba aquella furgoneta blanca, y los sábados, pasaba borracho y a la mismo hora en punto.

Saqué en Internet los billetes para París y pedí el vuelo a la hora que me interesaba. Comenté a todo el mundo conocido que nos íbamos. A las cuatro y diez de la madrugada saqué su cuerpo y lo dejé en medio de la calle, rogando que no hubiera ningún vecino con insomnio y esperé.

Tal cómo había calculado el loco de la furgoneta entró en la calle haciendo chirriar los neumáticos. Yo empecé a gritar ¡No pases, no pases! Pero en ese momento no pude soportar el pensar que iba a pasar un coche por encima de ella destrozándola y le grité al conductor ¡Para, para! El se dio cuenta de que había algo en medio de la calle y lo sorteó. Desapareció por el final de la calle a todo gas, cómo había venido. Nunca se enteró de que se salvó, por poco, de ser acusado de homicidio por imprudencia.

Los vecinos lo vieron alejarse, llamaron al 112 y se presentó la ambulancia y la policía. Lógicamente no pudieron hacer nada. Nadie puso en duda que fue un accidente, nunca se pudo encontrar a un homicida inexistente, desvié las culpas del conductor borracho, porque no quise culpar a un inocente, y yo cargué, para toda mi vida, con una culpa que ha destruido mi ser y mi alma.

Ahora solo me queda pedirte perdón, aunque sé que no lo merezco, y decirte que el padre Arsenio conoce el nombre de tu padre biológico: tiene orden de decírtelo, si se lo preguntas.

Un beso y un abrazo de tu padre. Perdóname.


Roger dobló la carta y la guardó en el sobre. No bebía nunca, pero tenia una botella de brandy para cuando venían los amigos. Se puso una copa y se sentó en el sillón.

En ese momento apareció por la puerta su esposa. Había visto que todavía no estaba en la cama y bajó para ver qué pasaba.

-¿Qué te pasa Roger? Te encuentro raro.

-No, no me pasa nada. No tenía sueño y me he entretenido un rato con la tele viendo una serie de misterio. Pero ya ha acabado, se ha descubierto al homicida, que no era más que un pobre desgraciado al que un sinvergüenza le deshizo la vida, y sembró la semilla de la desgracia en una familia que pudo ser muy feliz.

-¿Y esa carta?

-Publicidad, solo publicidad.

Arrugó el sobre y lo tiró a las brasas de la chimenea.

-Vamos a la cama querido.

-Sí vamos... por cierto ¿Tu crees que se puede odiar a una persona sin conocerla de nada y sin saber quien es?


Parece que a cualquier asesino, si no antes después, le caerá encima todo el peso de la justicia ¡Nada más lejos de la realidad!

Yo creo que verdaderamente no conocemos, ni de lejos, los asesinatos y homicidios que se cometen. Sobre todo, porque los que verdaderamente están bien hechos nunca se sabrá que lo fueron.

¡Cuantos muertos por sobredosis, cuantas embolias, cuantos accidentes serán verdadera- mente un homicidio! Nunca se sabrá.

Conocí una vez una empresa, a la que los nuevos socios hicieron ampliaciones de capital que sabían que el creador de la empresa y socio minoritario, no podía soportar. Esta trampa legal les sirvió para deshacerse de el. Se suicidó. Su mujer me preguntó un día. “No con una pistola, desde luego, pero ¿A mi marido lo han matado verdad?” ¿Qué le iba a decir?

Hay muchos asesinos, pero no están penados por la ley, y la ley está por encima de la justicia. Lamentablemente.

Ante un atropello manifiesto el juez dirá, “Lo siento, lo ampara la ley”. Y esa noche dormirá tranquilo porque ha respetado la ley.

Por otro lado ¿Estás convencida de que ese matrimonio que se llevaba tan mal, ella ha muerto intoxicada por la estufa? ¿Y ese anciano rico que murió intoxicado al confundir sus pastillas de los ojos? ¿Y que me dices de esa mujer que conoces, que murió el marido de una embolia en el cerebro, y al poco se casó con su amigo médico?

Todo se ha investigado y todo se ha comprobado, pero... ¿A alguien beneficia tu muerte?

Relacionado