Escuela de Verano
No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.
(Alexandre Dumas(padre))

Nos llegó la información desde una escuela de verano en un pueblo de los Pirineos de Huesca.
La información había salido en una revista especializada y de inmediato nos llamó la atención.
“El fantasma de un antiguo profesor se aparece a los alumnos de un colegio de verano en los Pirineos de Huesca”.
Nos pareció especialmente interesante porque no había ninguna muerte por el medio. Dicho profesor ejerció muchos años y hacía unos pocos que había muerto tranquilamente en su casa. Sin embargo, en el colegio se apareció cómo un joven de poco más de treinta.
También era muy interesante el ver que, ese mismo profesor, había contado y dejado unas notas escritas, sobre unos fantasmas que había visto durante su estancia en la escuela.
Aquello tenía que ser investigado...
El 16 de agosto llegamos al pueblo y tomamos una habitación en una posada muy agradable y limpia. Era un pueblo pequeño, calculamos que no tendría más de 600 habitantes, de casas de piedra para protegerse del frío en los meses de invierno y con unos paisajes que harían llorar a una persona con el síndrome de Stendhal. La cena, digna de mención cómo no podía ser de otra manera en la cocina Aragonesa.
La cena también nos sirvió para hablar con la gente del lugar y que nos contaran lo que sabían sobre el profesor: al que muchas personas mayores recordaban con cariño.
Ramón Mengibar fue un hombre muy apreciado en el pueblo. Su especialidad, de la que fue profesor, eran las ciencias naturales, sobre todo la botánica, pero lo que amaba profundamente era la literatura. Donó al pueblo varias colecciones de libros que enriquecieron la pequeña biblioteca. Todas las tardes bajaba desde el colegio para jugar una partida de dominó, tomar un café con los amigos y reírse un rato con las ocurrencias de Manuela, la camarera.
Así pues, conociendo ya algo sobre nuestro profesor, al día siguiente subimos andando al colegio; que distaba no más de 500 metros de la salida del pueblo.
Nos recibió Alba Sánchez, la directora, que estaba esperándonos con verdadero interés. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años muy bien llevados. Su sobria vestimenta no ocultaba que tenía un cuerpo cuidado por muchas horas de ejercicios y sanas dietas. Después de los saludos rituales, pasamos a una pequeña sala de juntas donde ya nos tenía preparadas varias carpetas.
-Ramón era un hombre muy meticuloso, -dijo Alba alargándonos varios documentos- anotó en estos cuadernos todas sus experiencias con los alumnos, y personales. Cuando se fue quiso llevarse las que tenían que ver con el colegio, entre las que se encontraban las de las apariciones, pero no nos pareció correcto ya que podían ser manipuladas, no por él que era intachable, pero si por otras personas que quisieran escribir sobre la escuela, para bien o para mal. Decidimos que todo lo dejara aquí: sus anotaciones sobre los alumnos y, entre ellas, las experiencias paranormales.
-¿Y que piensa usted de ellas? Alba ¿Cree que pasaron de verdad o fue algo que pudiera tener otras explicaciones?
-Ramón no bebía, no estuvo ni un solo día enfermo en las cinco temporadas que pasó con nosotros. Tampoco era un hombre dado a las fantasías, a pesar de ser un gran amante de la literatura. Podía haber sido un gran escritor, pero le faltaba imaginación. Al principio no creía en fantasmas, pero después de las experiencias que tuvo, me confesó cierta vez, que empezaba a dudar de su existencia.
-Y él ¿Lo vio, cuando se lo relató, nervioso o con miedo?
-No, no tenía imaginación ni para eso, hubo en total seis visiones y siempre en el mismo sitio. La primera no fue a él, fue a dos alumnas y no tenemos constancia porque les dio un ataque histérico y, al día siguiente, vinieron sus padres a por ellas. Las otras cuatro las encontrareis muy bien explicadas en sus papeles.
-¿Y que nos puedes contar de las actuales? ¿Estáis seguros de que es este profesor el que se ha aparecido?
-Totalmente, vestía de una manera muy particular, con su estilo propio. Durante el día pantalón negro y una camisa de cuadros escoceses. Por la noche pantalón claro, jersey de cuello alto, azul o verde y si hacía mucho frío una cazadora con coderas.
-¿Por que motivo pensáis que se aparece? ¿Tuvo alguna mala experiencia? ¿Dejó algo por terminar? ¿Dice algo?
-No, que yo sepa, y en sus papeles tampoco aparece nada. Murió, cómo ya sabéis hace un par de años, pero fue en su casa de la provincia de Ávila. No tiene nada que ver con el colegio.
-¿Cuantas veces se ha aparecido?
-Cinco, la primera a la profesora de francés que por poco le da un ataque. Tuvimos que convencerla, porque a la fecha que estamos ya nos era imposible contratar una sustituta. La segunda fue al jardinero que terminaba de cenar y se dirigía a las habitaciones del servicio: apareció de la nada y dice que lo atacó con un palo, aunque desapareció antes de llegar hasta él.
-¿Lo atacó?
-Si, eso es lo que dice. La tercera fue a dos alumnas y dicen que parecía querer decirles algo. Por supuesto corrieron espantadas.
-¿Y se apareció en el jardín?
-No, siempre se aparece en el pasillo que conduce al invernadero y normalmente a la misma hora, sobre las nueve y media más o menos.
-Bien Alba, de momento con esto tenemos para empezar a leer sus notas. Supongo que tendremos que hacerte muchas más preguntas. Más vale que ni a los alumnos ni al servicio les digamos el porqué estamos aquí. ¿Te parece?
-Por supuesto. Ya les he comentado que erais unos inspectores de una revista que queríais comprobar nuestra manera de funcionar, para calificarnos entre un grupo de colegios de verano. Por esta razón teníamos que portarnos estupendamente.
-¡Caramba!, muy buena idea!
-Les dejo para que vayan leyendo. Si quieren algo manden un mensaje por el móvil, será lo más rápido.
Y sin más, comenzamos a leer las notas.
Nota 1 del profesor Mengíbar .
Ayer por la tarde me paso una cosa muy extraña. Iba por la galería que va del comedor del servicio al invernadero cuando, de algún modo extraño, se difuminó el espacio a unos cinco metros de mí y apareció, semitransparente, una imagen de una mujer. Vestía de negro, me miró con una expresión extraña, me extendió los brazos y desapareció. Hablado con la directora y con el encargado del mantenimiento, que son las personas que están en la escuela desde el principio, no recuerdan a nadie de esas características, por lo que entiendo puede ser alguna mujer que viviera en el edificio antes de ser transformado en escuela.
Nota 2 del profesor Mengíbar.
Ha vuelto a pasar.
En el mismo sitio y casi a la misma hora, he vuelto a ver lo que me ha parecido una persona, aunque esta vez estaba muy difuminada.
Era más grande, sus facciones no se distinguían pero, sé que llevaba algo en las manos, lo ha levantado y vino hacia mí. Intenté parar el posible golpe con una regla que llevaba en las manos, pero no pasó nada y desapareció lo mismo que la vez anterior. Esta aparición no puedo describirla porque, el poco tiempo y al no estar casi definida, no puedo asegurar si era hombre o mujer.
Nota 3 del profesor Mengíbar.
Esto me empieza a asustar.
Otra vez ha ocurrido en el mismo sitio y a la misma hora.
Esta vez ha sido muy extraño, se ha formado esa especie de niebla y poco a poco se ha aclarado.
He visto a una pareja, un chico y una chica que parecían pelear. De pronto ella me ha mirado, se ha dejado caer al suelo y él, que no se había percatado de mi presencia, ha agarrado a la chica por el cuello. Al ver los ojos de la chica mirándome cómo pidiendo auxilio, el muchacho se ha girado. Yo no he podido evitar el querer proteger a la muchacha, a pesar de ser consciente de que lo que yo veía eran fantasmas de algún pasado. De todos modos parece haber funcionado porque, la soltó y poco a poco fueron desvaneciéndose.
Nota 4 del profesor Mengíbar.
Ya me da miedo pasar por el pasillo.
Si pudiera no pasaría, pero tengo que ir a mi dormitorio. Esta vez han sido perfectamente definidos, dos hombres y una mujer. Estaban inmóviles, cerca de la puerta que da acceso a la parte del dormitorio del servicio y al invernadero.
Parecían estar esperándome; cuando me han visto los dos hombres han levantado las manos haciéndome gestos, pero la mujer ha caído en ese momento al suelo. Les he levantado la mano haciendo una señal de paz, por si podíamos mantener alguna conversación aunque fuera con gestos, pero eso ha sido todo, han desparecido.
He visto que no hay nada que temer si lo que veo es cierto, aunque dudo ya de mi razón, y pienso que es posible que el pasillo tenga algún tipo de gas, generado por las plantas, que provoquen padecer estas alucinaciones. Mañana le diré al jardinero que me acompañe e intentaremos comprobar las plantas del invernadero para ver si hay alguna que tenga estos efectos.
No será la primera vez que los jardineros cultivan plantas alucinógenas con el fin de ganar un dinero extra.
Cuanto más lo pienso más convencido estoy de que esta es la solución a las apariciones. Es muy extraño que siempre sean en el mismo lugar y más o menos a la misma hora.
II
Por más que buscamos no pudimos encontrar el cuarto encuentro del profesor Mengíbar con los supuestos fantasmas.
Continuamos con otras cartas y notas sobre los alumnos, pero ya no encontramos nada que nos sirviera para la investigación de este extraño caso.
Por fin llegamos a unas conclusiones y mandamos un mensaje a la directora.
A los diez minutos entró. Se notaba que tenía ganas de aclarar la situación, y quizás esperando que le pidiéramos la colaboración de un sacerdote. Por el contrario, le rogamos hablar con las dos muchachas que habían padecido la tercera visión del profesor.
Nos pidió que fuéramos con mucho tacto con ellas, pero accedió a mandarlas inmediatamente.
No habían pasado diez minutos cuando se abrió la puerta y aparecieron dos chicas de unos dieciséis o diecisiete años.
La conversación que mantuvimos con ellas no podemos, de momento, decirla; primero tenemos que comprobar unas cosas y pedir permiso a la directora.
La única solución para probar nuestras teorías estaba en manos de Alba, y hemos de reconocer que se prestó a ella sin ninguna dificultad, demostrando que era una mujer muy valerosa.
Aquella noche, a las nueve en punto estábamos en el pasillo con Alba. Ella estaba deseosa de que le dijéramos las conclusiones a las que habíamos llegado, pero no quisimos decirle nada antes de poder confirmarlas, porque podría afectar a más personas.
Tal cómo esperábamos, a las nueve y veinticinco se formó una especie de niebla que, poco a poco, fue aclarándose y formando una figura que se definió cómo el profesor de ciencias.
Nos miró asombrado, nos hizo un gesto con la mano al que intentamos contestar, pero no pudimos porque Alba comenzó a desmayarse y tuvimos que sujetarla. Al punto, la visión despareció en la nada.
III
Al día siguiente nos reunimos en el despacho de Alba y pasamos a decirle las conclusiones a las que habíamos llegado.
-Mira Alba -dijimos inmediatamente ya que la vimos muy ansiosa por conocer nuestras respuestas al caso-, desde que comenzamos a leer las notas, teníamos la casi seguridad de saber lo que pasaba. Solamente uno nos desconcertó. El tercero. No nos cuadraba que fueran dos chicas y por esta razón las llamamos. Al ver que sabíamos lo que había pasado realmente no tuvieron mas remedio que confirmarlo.
La llamada Susana, fue con su novio a pasar unos momentos íntimos y divertidos, porque sabían que el jardinero y el de mantenimiento tenían esa noche libre.
La cosa se complicó y el chico, que quería mucho más de lo que ella estaba dispuesta a darle, se puso muy violento y la atacó cómo un salvaje en el momento que empezó la visión.
No hemos querido decirte nada hasta haber confirmado estos detalles.
La conclusión está muy clara. Se han producido unos pliegues en el tiempo y se han rozado dos momentos con unos pocos años de diferencia.
El profesor tuvo la visión de la profesora de francés y esta, a su vez, lo que vio fue a él, porque se juntaron dos tiempos distintos por unos pocos instantes.
El jardinero también lo vio y seguramente llevaba algún instrumento en la mano. El profesor Mengíbar supuso que lo atacaba con la azada, la pala o lo que fuera y el jardinero pensó que la regla era un garrote o espada.
Naturalmente si no confirmábamos lo de las muchachas la teoría hacía aguas; pero ya vimos que no, pasó lo que describía el profesor.
Faltaba la conclusión final y, al ver cual era la cuarta visión, la recreamos para confirmar que la teoría era absolutamente cierta.
La que no hemos encontrado es la quinta. Supongo que aún ha de haber otra, pero no sabemos cuando ni donde.
-Yo si -dijo Alba abatida- la separé porque podía afectar al colegio en gran manera.
-¿Qué era? Te juramos que no diremos nada, pero ¿Qué era?
-Vio a una mujer muerta en el pasillo, con un cuchillo de cocina clavado en el pecho.
-¡Santo cielo! -dije yo- ¿Y no sabes quien pueda ser?
-No, pero inmediatamente voy a dar orden de que nadie pase por ese pasillo hasta nueva orden. El jardinero y el de mantenimiento pueden entrar por la puerta de atrás. No sabéis lo que os agradezco el haber puesto en claro este asunto. Empezaba a perjudicar al colegio en gran manera. Lo que no se es cómo solucionar lo del asesinato, si de verdad ha de pasar.
-La verdad es que tampoco podemos tener la seguridad de cuándo. Desde luego tuvo que ser en un periodo en que Mengíbar estaba todavía con vosotros, pero el pliegue puede rozar con un tiempo posterior, aunque lo dudamos, las condiciones se están dando ahora.
-Imaginaros lo que puede pensar la policía si me presento diciendo que una visión me ha indicado que se va a cometer un asesinato.
-Desde luego, lo que no entendemos nos da miedo o pensamos que los otros están locos. ¿Qué pensaría un hombre de hace solo cien años al ver una imagen en tres dimensiones? ¡Magia!
IV
Aquella noche era la última que pasábamos en el pueblo. Al día siguiente regresábamos a Valencia.
De repente tuve un extraño presentimiento. Tomé el teléfono y llamé, marcando nervioso el número de Alba.
Cómo no le había dicho nada a mi amigo me miraba extrañado.
-Alba -dije cuando descolgó-, vamos a ir para comentarte una cosa. Primero una pregunta ¿Están el jardinero y el de mantenimiento?
-No -contestó- es su noche libre.
-Mira lo que te digo -le dije procurando que entendiera que era urgente y esencial que lo hiciera- es muy importante. ¡No salgas de tu habitación hasta que hayamos llegado!
Salimos rápidamente y, aunque la distancia era corta, tomamos el coche para llegar lo más pronto posible.
Paramos en la misma puerta, llamamos al timbre y luego golpeamos con toda nuestras fuerzas.
A los pocos minutos, una de las profesoras nos preguntó que queríamos, y que sin el consentimiento de Alba no podían abrir a nadie.
-¡Llámala -grité-, llámala que es algo de suma importancia para ella y para el colegio!
La profesora dudó un instante, pero cómo ya nos había visto en compañía de la directora, por fin nos abrió la puerta.
-Venga con nosotros -le dije- acompáñenos a la habitación de Alba.
Lo más rápido que pudimos y acompañados por la profesora subimos rápidamente a la habitación de Alba. La puerta estaba abierta y en el suelo se podía ver una gran mancha de sangre.
La profesora comenzó a llorar y a gritar. Las habitaciones se fueron abriendo y tres o cuatro profesores más aparecieron por el pasillo.
-¡Alba! ¿Dónde está? ¿Qué ha pasado? -decían.
-Vengan conmigo -les dije- se donde está, es muy urgente, tal vez esté viva todavía.
Corrimos hasta el pasillo de acceso al invernadero. En el suelo, con un cuchillo de cocina clavado en el corazón, estaba Alba, la directora, y al fondo, terminando de desaparecer, la figura borrosa del profesor Mengíbar.
Epílogo.
Con nuestra declaración, a la policía le fue fácil dar con los culpables.
La pareja que fue sorprendida, estando seguros de que la directora iba a hablar con sus padre, fueron a rogarle que no lo hiciera. Fue la joven la que le pidió que no dijera nada. Era una pareja extraña, el violento y ella sumisa rayando el masoquismo. Pensaban estar muy enamorados y el hablar con sus padres hubiera sido, con toda seguridad, la separación y el no volver a verse nunca.
Alba se negó a guardar silencio y él, que esperaba en el pasillo, entró y le clavó el cuchillo en el corazón.
Después, sabiendo que tanto el jardinero cómo el de mantenimiento se encontraban ausentes, la tomaron entre los dos y la llevaron a la salida por el invernadero. En ese momento sonaron nuestros golpes en la puerta, y al ver el tumulto que se formaba, pensaron que ya les era imposible sacarla por la puerta de atrás sin llamar la atención, y se fueron rápidamente los dos a sus habitaciones abandonando el cadáver.
Si hubieran tenido tiempo, habrían limpiado la mancha de sangre, la hubieran sacado por la parte de atrás y la hubieran enterrado o dejado en medio del campo, nunca lo sabremos.
Este fue el fin de este desgraciado suceso en el que intervenimos y que fue, con toda seguridad, un pliegue en el tiempo.
Relacionado