Amistad
Amistad-Quiero contaros un caso que ha caído en mis manos esta misma mañana -comenzó a decir Ester la psicologa infantil a sus dos amigos Alex y Salva-. Lo estaban comentado unos compañeros mientras se reían

No es un caso reciente. Parece ser que sucedió a principios del pasado siglo 20

Cuando me pasaron la historia me pareció que en ella no había nada de lo que reírse y lamento la reacción de mis compañeros.

-Como sabéis, durante tres días de esta semana he tenido unas reuniones de trabajo y una de las conferencias trataba de la locura y la ley -continuó contando mientras Alex y Salva arrimaban sus sillas para no perderse nada del relato-. Me gustaría que luego me dijerais vuestras opiniones sobre el mismo.

Los tres disfrutaban de un tranquilo domingo en la casa de campo de Alejandro, al que sus amigos llamaban Alex, en un pequeño pueblo del interior valenciano. Después de comer un estupendo arroz al horno preparada por Alex, y de postre unas exquisitas mousses de limón recogidos en la pequeña huerta de la casa aquella misma mañana; muy interesante tenía que ser el relato para que no se les cerraran los ojos de vez en cuando. Claro que para evitarlo Ester les había preparado unos cafés al deseo de cada un0. Como buenos amigos, ninguno coincidía en su gusto por el café

Alex corto y amargo, Salva cortado con la leche fría y Ester se preparaba una especie de capuchino muy especial

Con la merienda era otra cosa; todos coincidían en unos estupendos cafés Irlandeses que eran la especialidad de Salva.

-No os preocupéis -terminó Ester- es una narración corta pero muy interesante.


-Como ya os he comentado -empezó a narrar- esta historia forma parte de un caso ocurrido el año 1966 del siglo pasado. No estaba clara la ciudad donde pasó, pero casi todos los datos parecían apuntar a Sagunto. De todos modos, esto no tiene ninguna importancia para el relato.

Sobre las 2 y media de la mañana un hombre, tiritando y calado hasta los huesos porque era una noche muy fría, con una lluvia de las que tardan mucho en caer por estas zonas, pero que cuando se decide parece que va a inundarse el mundo, entró en una comisaría

Al ser interrogado, llorando, el hombre confesó haber matado a su mejor amigo. Dijo ser Ignacio Sorell, natural de Galicia y vecino de Valencia capital. Había venido a ver a su amigo y quería confesar la verdad sobre los hechos que le habían llevado a matarlo. La confesión fue la siguiente.


«Ayer por la tarde me llamó mi amigo Roque García, y entre sollozos, me dijo que su querida esposa había fallecido aquella misma mañana. La noticia me conmocionó sobremanera puesto que yo sabía el amor que se tenían; durante los 35 años de matrimonio que llevaban, era el mayor que yo he conocido nunca.

Una pareja que siempre iban juntos. Nunca los vi discutir y para mi, fueron un modelo del respeto que es necesario para una convivencia en la que no decaiga el amor ni por un momento.

Yo conocía a Roque muchos años, desde adolescentes. Fue Una de mis primeros amigos cuando me tuve que trasladar con mis padres desde Galicia, nuestra tierra natal. Él me abrió las puertas de su casa y de su amistad, me ayudó en los estudios: era una verdadera inteligencia y para mi siempre ha sido un amigo y un hermano.

Hace unos años tuve un susto en mi salud porque, en un chequeo rutinario, me dijeron que posiblemente tendrían que extirparme un riñón y que el otro estaba también tocado. Luego resultó que habían cambiado unos informes y por suerte mis riñones estaban intactos

Una enfermera, que conocía en el hospital, me informó en secreto, que mi amigo había ofrecido Una de sus riñones para hacer un trasplante si era necesario.

Cuando conoció a su esposa y me comentó lo enamorado que estaba de ella pasé una temporada sufriendo porque estaba seguro de que, por la gran bondad de mi amigo, terminarían por hacerle daño. No fue así. Tuvo la enorme fortuna de conocer a esa maravilla de mujer que lo hizo feliz durante toda su convivencia. En realidad no se si estaban casados o no. Nunca me preocupó pero, al recapacitar, me doy cuenta de que nunca nos invitó a ninguna ceremonia. Supongo que los dos necesitarían confirmar su amor con el cariño y no con ningún tipo de atadura legal.

Al recibir su llamada, entre sollozos, fue un mazazo en mi alma. Comprendí la enorme congoja que lo atenazaría. Había perdido todo, su esposa, su confidente, su apoyo, su sostén en cada momento amargo. Le dije que salía inmediatamente para estar con él y le pregunté donde se encontraba.

-En casa, -me dijo- ayer se sentía mal y vino el médico a verla. Le recetó unas medicinas y me indicó que si tenía algún problema durante la noche, no dudara en llamar y vendría una ambulancia; aunque pensaba que seguramente sería un problema pasajero y por la mañana estaría bastante mejor. Al poco rato dijo encontrarse cansada y vi que se dormía. Yo me quedé en el sillón al lado de la cama por si se encontraba peor en algún momento. Estuvo tranquila, relajada y yo la vi toda la noche dormida y poco a poco me quedé traspuesto yo también. Pero cuando esta mañana la he intentado despertar estaba muerta. Ha sido un momento horrible para mi y he estado a punto de desmayarme

Llamé al médico inmediatamente y cuando la ha visitado me ha dicho que tuvo un ataque al corazón, y que seguramente ni ella misma se dio cuenta de que se moría.

-No tardo en llegar buen amigo -le dije- todo lo más veinte minutos. ¿Sigue el médico en tu casa?

-Ahora estoy solo. Te espero para que me ayudes con los trámites necesarios. Yo no me encuentro con fuerzas.

-Lo siento muchísimo. Todos la queríamos y cuando se enteren los amigos y la familia, seguro que estarán contigo enseguida también.

-Luego hablamos Ignacio. Ahora no tardes y ven en cuanto puedas, siento que me fallan las fuerzas.

Colgué e inmediatamente cogí el coche, tome la autopista y me dirigí a casa de mi amigo a toda prisa sin tener en cuenta tan siquiera las olas que, embravecidas por el mal tiempo, azotaban de vez en cuando la costa y barrían con su espuma un lado de la autopista, dificultando todavía más la visión muy mermada por el fuerte aguacero que está cayendo.

Tardé poco más de media hora y en ese tiempo se hizo la oscuridad más absoluta. Cuando llegué a la puerta de Roque apenas se podía ver a poco más de dos metros

Iba a llamar al timbre cuando me fijé que la puerta de la planta baja estaba abierta

Supuse que mi amigo la había dejado así para que pudiera entrar inmediatamente. Entré, me quité el abrigo y dejé el paraguas en un cubo que había puesto a tal fin en la entrada. Al fondo, en la habitación de matrimonio, se escuchaba la voz de mi amigo y de una mujer

Saludé para anunciar mi presencia y recorrí los largos metros del pasillo de la enorme casa de Roque y me asomé a la habitación

El asombro me dejo sin palabras

¡Mi amigo estaba hablando con su mujer! Supuse que por fin se había recuperado, y cuando iba a entrar con toda la alegría que el suceso me deparaba, quedé nuevamente conmocionado. ¡En la cama yacía el cadáver de Rosalía, su esposa! ¿Con quien estaba hablando?

La habitación de mi amigo hace un ángulo extraño y en la posición que ellos estaban no llegaron a verme. El asombro me hizo enmudecer y quedé petrificado sin saber que hacer, por lo que seguí escuchando la conversación.

-Rosalía, mi amor -decía Roque a la mujer que permanecía de pie enfrente de el- yo no puedo vivir sin ti. ¿Qué va a ser de mi vida? Lo tengo decidido, el seguir en este mundo sin contar con tu presencia sería un castigo insoportable, mi vida será un infierno sin poder contemplarte ni estrechar tus manos. Me voy contigo mi amor, me voy contigo...

Y entonces me fijé que en sus manos tenía una pistola que a veces nos había enseñado y que perteneció a su padre durante la pasada guerra.

-No puede, ser mi amor -contestó la figura- no estarías conmigo, tu no eres dueño del destino. Si hicieras eso ya sería imposible que volviéramos jamás a estar juntos. Vive tu vida, enamórate otra vez, y cuando el destino lo quiera, vendrás al lugar en que yo estoy ahora y donde te estaré esperando. Mientras, procura ser feliz y acuérdate de mi.

Y con estas palabras vi que la figura de Rosalía se desvanecía. Roque cayó de rodillas, dejó la pistola en una mesita y cogiéndose la cabeza entre las manos, comenzó a llorar.

Yo estaba asombrado. Me temblaban las piernas y una profunda congoja se apoderaba de mi. Mi amigo sufría y yo podía solucionarlo. Avancé hasta la mesita, cogí la pistola y le disparé mientras las lágrimas me inundaban el rostro

Él no se había quitado la vida

El destino, en este caso yo, le habían procurado la muerte y podría seguir estando con su amor.

Me agarré a una cortina para no caerme y en ese momento como una especie de nebulosa volví a ver a Rosalía que me miraba, sonrió y alargó una mano a la que poco a poco se vio surgir otra mano que la cogía con cariño y junto a ella se materializó la figura de mi amigo que me miraba, se llevaron las manos a lo labios y me mandaron un beso. Después desaparecieron en la nada. Como ve, señor policía, he matado a mi amigo para evitarle la agonía de una muerte lenta.»

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