Juanito
1.Introducción.
En Valencia, el otoño es una estación rara. Lo mismo tienes días de verano tórrido que un vientecillo de la parte de la serranía te hace temblar.
El Mediterráneo es una novia voluble.
La ciudad, después de las fiestas veraniegas comienzan el ajetreo diario y los campos también se preparan para dar sus espléndidas cosechas otoñales de naranjas, limones, hortalizas, aceitunas...
Hay un edificio ya cerca del desvío del Turia, por lo que se conoce como el Bay Pass que tiene una característica muy importante para las historias que vamos a contaros.
Sus balcones son corridos. O sea, que si no fuera por una mampara que delimita cada casa, se podría pasar por el balcón de una casa a la otra sin ninguna dificultad. Estas divisiones son de marcos de hierro con cristales y aproximadamente de dos metros de altura dejando unos 20 cm desde al suelo hasta el comienzo para permitir que, caso de que haya lluvias intensas barridas por los vientos, puedan pasar las aguas de un balcón al otro sin que se embalsen y entre por las puertas de los balcones.
El edificio tiene 7 alturas y tres escaleras, pero nosotros vamos a centrarnos únicamente en los números 3 y 5 y en los seis vecinos que comparten este enorme balcón que ocupa toda la fachada.
Domingo
1)Carlitos
-¿Papá, donde vamos? -pregunta Carlitos a su padre mientras van por la carretera de Picaña.
-¿No te acuerdas que te comenté que iríamos a ver a mi amigo Tomás, el que tiene tantos animales en su casa?.
-¡Ostras papa, se me había olvidado! ¡Que contento estoy! ¿Vamos a pasar todo el día?
-Pues casi -contesta Luis García a su hijo- estaremos toda la mañana, comeremos una paella con el, su mujer y su hijo de 4 años y luego volveremos a casa. Ten en cuenta que tu madre vendrá a recogerte a las seis y sabes que se pone echa una furia si no te tengo preparado.
Y Carlitos ya no pregunta nada, simplemente fija su mirada en la carretera e intenta en no pensar. En no pensar en la separación de sus padres, en lo feliz que era hace un año, en que todos estaban bien y en que ahora todos están mal y sobre todo el, que se siente moneda de cambio cuando su madre a la que quiere mucho, le habla despectivamente de su padre al que adora y en las peleas que tenían por cosas que el no entendió a sus 11 años y sigue sin entender a los 12.
Y su padre también calla e intenta atesorar esos momentos con su hijo mientras toma el debía para ir a la urbanización donde su amigo tiene su casa, muy parecida a la que el vivía antes de la separación y no ese pisito alquilado que solo le permite ver las paredes de los edificios vecinos por un lado y una sucesión de casas bajas por el otro con un cementerio al fondo.
Pero Luis está contento y no piensa amargarse el día que puede pasar con su hijo.
Padre e hijo pasan una velada muy divertida bañándose en la piscina y viendo el mini-zoo que tiene Tomás que es un gran amante de los animales.
Después de comer y cuando ya se están preparando para irse les dice Tomás.
-Esta mañana no hemos visitado a Laurita, es una coneja que tengo malita. Ayer estaba francamente mal y me preocupaba porque tiene 7 conejitos y aunque ya son mayores no estaría de más que su madre pudiera dedicarles unos días más dándoles de mamar. Vamos a verlos porque a Carlitos le gustarán, son una monada.
Y todos salen al jardín y les lleva hasta una jaula que tiene separada de las demás. Levantan la tapa de la conejera y Carlitos se queda maravillado viendo a 7 bolitas de pelo que juegan y se entretienen persiguiéndose los unos a los otros. Al fondo, mamá coneja, respira entrecortadamente.
-Me parece que esta coneja no mejora. No se que hacer porque tengo que ausentarme una semana que tengo de vacaciones y nos vamos los tres a Ibiza a pasar estos días. Se me puede presentar un problema si la coneja muriera y los 7 gazapos tuvieran que estar con ella estos días que, aun siendo ya otoño, el calor todavía pega fuerte.
-Podrían morirse Tomás -pregunta Carlitos.
-Me temo que si, si ella se pusiera bien los cuidaría pero si muriera ellos no podrían sobrevivir porque son muy pequeños y ya deberían empezar a comer pienso de gazapos, pero no estoy seguro. Ahora aun necesitarían unos días de atenciones. Pocas, pero simplemente estar al tanto.
-¡Papá, papá! -dice Carlitos- ¿Por que no venimos nosotros a cuidarlos? ¿Vamos a dejar que se mueran?
-¡Pero Carlos! ¿Que dices? Yo no puedo estar viniendo todos los días, tengo obligaciones y tu estarás con tu madre.
-¿Y si nos los llevamos y cuando vuelva Tomás se los traemos? Así no habría problema.
-Carlos, tu sabes que tu madre no consentiría tener unos conejos en su casa. Si no te ha dejado tener un perro, ni tan siquiera una pecera,
-¿Y si los tienes tu papá? Yo no quiero que se mueran y estaré sufriendo toda la semana pensando en los pobres conejitos.
Y Luis, que está en la fase de no poder negarle nada a su hijos se queda mirando a Tomás y con esperanza de tener una negativa le dice...
-¿Podría ser?
-¡Claro! -contesta Tomás quitándole toda esperanza de librarse de ser papa de 7 conejos revoltosos.
Y los siete conejos los pone Tomás en una caja y su mujer prepara una bolsa con comida de gazapo.
-Pues bien, Tomás, el domingo que viene vendremos un rato por la mañana a traerte a estos malandrines.
-Lo haréis muy bien.
Y Luis, que conoce muy bien a su amigo piensa “me ha tendido una trampa para que me los lleve pero... ¿con que fin?”
Y padre, hijo y siete revoltosos gazapos salen con su coche hacia Valencia.
-Papa, les voy a poner nombre.
-Pero si luego no sabremos cual es cada uno.
-Si papa que todos son diferentes, mira, hay uno gris, otro mas negrito, uno blanco con una mancha en la frente, otro con el rabito negro, otro castaño, uno blanco del todo y, este más revoltoso que tiene manchas en las orejas. Presta atención que te voy a decir los nombre. Este que se está cagando y que tiene las manchas en las orejas se llamará con un nombre chino... le diré K.Gon...
Luis se ríe con los nombre que le va diciendo su hijo que demuestra tener una gran imaginación poniéndoles a cada uno algo relativo a lo que hacen, como son o simplemente el que se le ocurre.
Así pues, cuando llegan a casa, ya no son siete conejos, ya son K Gon, P Tet, In Chao, Kung Fu, Lim Piao, Mi Mao y Carlitos que es el que más le gusta y se le ha quedado dormido en las manos.
Suben a la casa y lo primero que hacen es prepara una caja más grande en la que ponen la comida y un recipiente con agua. El lunes se promete Luis ir hasta una casa de animales para ver que más puede hacer por los conejitos.
El niño es feliz y se lo pasa maravillosamente dejando correr a los pequeños gazapos por la casa. El padre sonríe y piensa en lo que va a tener que limpiar porque poco a poco se van cagando y meando por todos los rincones. Pero todo se da por bien empleado. Lamentablemente hace ya unos meses que entró en su otoño, ese tiempo en que todavía parece que hay calor en tu vida pero, lamentablemente, la mayoría de las veces es un espejismo. Tanto el como Laura, su mujer, se separaron y el todavía no entiende nada ni sabe el por que y está seguro de que Laura tampoco. ¿Que han ganado? Luis compara su situación con la de un ladrón o un gamberro, el ladrón te roba y saca un provecho para el sin importarle tu situación, pero el gamberro ¿que saca? ¿Que beneficio tiene rallándote el coche, matando un gato, o quemando un contenedor? ¿Que beneficio ha sacado Laura, y que beneficio ha sacado el? Y lo peor de todo ¿Que beneficio ha sacado Carlitos?
Dentro de un rato el niño se irá con su madre, que el quiere pensar que es una madre estupenda y una buena persona y, el quedará solo pensando a que tiendas irá el lunes a vender esos zapatos maravillosos que le ha proporcionado su amigo Ricardo para que, como comercial, siga ganándose unos euros para ir tirando.
El timbre lo saca de sus pensamientos y se apresura a recoger todas las cosas del niño, no tiene ganas de pasar ni un solo minuto de histerismo.
-Apresúrate Carlos que ya sabes que tu madre si tardas más de 30 segundos empieza a tocar el claxon y a gritar por el portero automático.
-Papa, yo quiero llevarme a Carlitos.
-Sabes de sobra que tu madre no quiere animales. Tu baja y habla con ella, si consiente, yo te bajaré a Carlitos.
El niño coge su maleta y baja rápidamente las escaleras. Desde el balcón, Luis ve como habla con su madre, esta abre el coche, indica con un gesto al niño que entre, cierra la puerta, arranca y Luis ve alejarse al niño que le saluda desde la ventanilla posterior del coche.
-Bueno -dice Luis mirando la caja con los conejos- aquí estamos los 8.
Coge la caja y la saca al balcón. Los conejos están acostumbrados a estar en el campo y todavía no hace tanto frío como para tenerlos dentro de casa. Después, coge el mocho y la escoba y comienza a limpiar la casa.
Cuando termina ya son las 8 de la tarde, va a prepararse una cena y después de comérsela saldrá al balcón a darles una mirada y desearles buenas noches a los gazapos.
Cena y descansa un rato viendo ese programa tan estúpido que dan a esta hora. Después las noticias que, dependiendo del canal, critican o ensalzan al gobierno, nos “alegran” con los casos de violencia y desastres en el mundo. Después se levanta y va al balcón a ver a los 7 sinvergüenzas pero...
¡Solo está Carlitos que le mira con cara de inocencia! ¡Solo queda uno!... Han hecho un agujero con los dientes y se han escapado. Desesperado los busca por toda la casa por si han entrado, pero no, estos bandidos se han ido pasando a los otros balcones y, ¡a saber donde estarán! ¿Que le dirá a Carlitos cuando llame? ¿Volverán? Y si vuelven ¿Que historias contarán?
2)Rosita.
La ventaja de tener dinero es que puedes prolongar tu otoño, o en todo caso hacer un invierno muy placentero.
Rosita es la viuda de un fabricante de persianas de Torrente. Su marido compró este piso cuando ella tenía cincuenta años por un capricho de su mujer que quería vivir en Valencia, aunque de Torrente a Valencia hay poco más que un paseo y, teniendo un piso enorme en el mismo edificio que la fábrica, por complacerla, se trasladaron a este, aunque en realidad solo sirvió para separarlos un poco ya que el se quedaba a dormir en el piso de Torrente la mayoría de los días en los que terminaban tarde.
Cuando a los setenta años su esposo decidió jubilarse, vendieron el negocio y el edificio a una empresa que se lo pagó espléndidamente.
Lamentablemente un hombre acostumbrado a trabajar, cuando se levanta por la mañana y no sabe que hacer, empieza a tener comportamientos extraños sin sentido y el murió a los tres años de su jubilación. Así pues Rosita quedó viuda, con una paga suficiente y una considerable cantidad en el banco que ella gastaba con tacañería.
Acostumbrada a ser una mujer rica sabía hacerlo ver a todos los vecinos y, a pesar de su edad, salía a pasear, cargada de bisutería (quizás), con una muchacha que tenía desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Sus 70 años parecían 60 y podía pasar la noche perfectamente sin necesidad del auxilio de la muchacha. Desde luego le dejaba la cena hecha y un vaso de leche en la mesita de noche.
Rosita era una mujer, como casi todas con dinero y a su edad, a la que podríamos definir como insoportable. A la pobre muchacha no la dejaba descansar ni un solo segundo. Ves a comprar, lava las cortinas, cambia las camas, hazme la comida... o cosas tan extrañas como «cuelga el retrato de mi marido al revés que hoy estoy enfadada con el».
Hoy ya ha cenado y su otoño transcurre apacible. Está viendo la televisión sentada en su sillón favorito al lado mismo del balcón. No ha recogido la cena y los platos, vasos y restos de comida se encuentran encima de una mesita que se encuentra a sus pies.
De pronto algo parece moverse en el balcón. Será una rata y esto la aterra. Nunca ha visto ninguna en la casa pero a veces sueña con que muere pero sigue consciente y unas ratas comienzan a devorarla mientras ella intenta gritar pidiendo auxilio.
Inconscientemente recoge las piernas en previsión de que puedan entrar y empiecen a roerle las zapatillas y lleguen rápidamente a los pies comiéndose los dedos, que esta mañana hizo que le pintara las uñas la criada (Rosita no conoce ni el nombre de la muchacha, es simplemente, la criada) de un rojo intenso.
Va girando con terror la cabeza con la esperanza de que sea algún gorrión que picotea buscando algunas migas de pan que se hayan caído de la merienda. Pero no, no hay ningún pájaro, ni ningún otro animal. ¡Menos mal! Ha sido una falsa alarma.
¡Pero! ¿Que se mueve detrás de aquella maceta de geranios? ¡Horror, terror, pavor! ¡Sin duda hay algo! Se ven unos bigotes. ¡Padre nuestro que estás en los cielos! He muerto -piensa- He muerto y ya están aquí las ratas que comerán mi cadáver mientras que yo permanezco inmovilizada. Aunque, no parece una rata, tiene un hocico corto y una enormes orejas... ¡Cielos santo, si es un conejo! ¿Pero como es posible que haya un conejo en mi balcón? ¡Es un milagro! Santa Guillermina ha premiado mis buenas acciones enviándome un ángel con figura de conejo.
Rosita se levanta y con mucho cuidado va abriendo la puerta del balcón mientras toma, de las sobras de la cena, una enorme hoja de lechuga. Deja la puerta abierta y unos centímetros dentro de la estancia deposita la hoja en el suelo cuidándose de que el conejito la vea perfectamente. Y la ve.
El animal, que está acostumbrado al ser humano, poco a poco va acercándose y precavido pero no asustado, entra en el comedor para comerse la hoja de lechuga. Riquísima, parece pensar P Tet, pues de el se trata.
Como las puertas del balcón son correderas, Rosita empuja con cuidado la que cierra la hoja por donde entro el conejito y lo consigue, P Tet, se encuentra en su comedor. ¡Y que preciosidad de conejo, no duda de que sea un ángel mandado por Santa Guillermina!
Pero una cosa es tenerlo dentro del comedor y otra muy distinta atraparlo una mujer de 70 años. En cuanto se pone de pié, el conejo desaparece por debajo de las sillas, la mesa, entra en la cocina, sale, pasa al dormitorio e investiga la cama. Y doña Rosita desesperada y no sintiéndose con ganas de correr detrás del gazapillo, se acuesta y apaga la luz.
2.
Blas.
Siempre estás con tus tonterías Blas -le dijo Toño a Blas mientras se toman una cerveza en el Bar Tolo-.
-Tu piensa lo que quieras Toño, pero yo te digo que es cierto. Los extraterrestres nos están invadiendo, lo que pasa es que lo hacen con mucho conocimiento y muy poco a poco y con el beneplácito de algunos gobiernos, como el americano.
-Pero tu no comprendes que eso sería algo demasiado grande como para tenerlo secreto. ¿Y que problema habría en que lo supiéramos? «Señores, les presentamos a nuestros vecinos los alienígenas del planeta Redondeta que han venido a aprender como se fabrica la cerveza».
-Bueno, tu ríete pero ya verás como en algún momento nos aparecen. Y seguramente ya habrá elegidos que podrán contactar con ellos.
-En todo caso no creo que sea aquí en Valencia, el aparcar está imposible y no creo que haya platillos voladores utilitarios. Y si lo aparcan en el campo tendrían que darse una caminata para venir al bar a tomarse una «birra».
-Yo te digo que he leído mucho últimamente y han llegado a catalogar las distintas razas de extraterrestres que están en la tierra.
-¡Hombre, eso es interesante! ¿Y como son?
-Pues según he leído están los del planeta Arturo que son altos y rubios, los de Ummo que son más pequeños y regordetes, unos llamados Suris que llegaron ya hace tiempo se han afincado bajo tierra y están continuamente excavando galerías...
-No me digas más, es cierto, estoy seguro que mi suegro es de Ummo, es bajito y regordete, los de Arturo están con toda seguridad en Alemania, Suecia, etc... y los Suri ya los sacaron en una película, ¿no se si te acordarás? Se llamaban los siete enanitos de Caperucita roja.
-Bueno, más vale que lo dejemos porque te estás pasando de cachondeo y por cierto, los siete enanitos eran de Blancanieves que no eres más torpe porque no te entrenas.
-No te enfades y vamos a brindar por ti, por mi y por los extraterrestres que no podrían encontrar un interlocutor mejor que tu si quisieran contactar.
Y chocan sus jarras con camaradería.
2
Blas tiene un hijo, vive en Nueva York y lamenta que no haya sido ni para venir al entierro de su madre. Otra herida en su corazón.
Si tuviera dinero suficiente se cambiaría de piso y aunque fuera peor, al menos, no tendría tantos recuerdos como tiene ahora. Cada rincón de su casa le recuerdan las risas de su esposa, las carreras de su hijo pequeño y los momentos felices en los que se acurrucaban los tres en la cama cuando el niño los buscaba porque había entrado el Coco en su habitación.
Así pues, Blas está solo, el otoño de su vida lo ha descentrado y de tenerlo todo amarrado, con su hijo muy bien situado y con una esposa que lo quería y a la cual el adoraba, se encuentra en la más absoluta soledad y de la que, con los pocos amigos que le quedan, nadie quiere oír lamentos, el único rato que le dedican es el que se tardan en beber una cerveza que, normalmente, ha de pagar Blas.
Esto ha hecho de una persona alegre y abierta un malhumorado sesentón que ha de inventarse historias para poder aguantar la tristeza de ese otoño maldito que marchita las hojas y las almas.
Blas regresa a su casa. Pasa primero por la pequeña tienda de Lupe donde compra algo de jamón, pan y un paquete de caldo de carne. Ya tiene la cena, medio paquete en un cazo y al fuego con unos fideos le harán una sopa rápida y si después tiene hambre un pedazo de pan con jamón mientras ve en la tele el telediario. Después, desde la cama, verá el programa de fantasmas y extraterrestres que tanto le gusta.
Y Blas sueña con que un día aparezcan los alienígenas para abducirlo y se lo lleven a su planeta donde, a lo mejor, encuentra algo de felicidad.
Hoy tiene calor, antes de meterse en la cama se va al balcón a respirar un poco y a mirar la luna que está muy hermosa. Se sienta en el alfeizar de la ventana que da a su cuarto, se fuma un cigarrillo y admira el ficus que plantó su esposa y que mide ya sus dos metros a pesar de estar en una maceta. «Supongo que el también la recuerda», piensa.
Apaga el cigarrillo y entra en su dormitorio. Ya comienza el programa y hoy parece que va a ser interesante.
Se pone cómodo y se promete no dormirse. Y a los cinco minutos ya está en brazos de Morfeo. Es la ventaja de estar viendo algo que le borre, al menos por un rato, los recuerdos de tiempos más felices con su hijo pequeño, su esposa alegre como unas castañuelas y ya como guinda de este pastel de recuerdos, estar en casa de su madre en la querida calle de Jesús. En fin, hay que mirar el futuro pero... ¿Que futuro? La casa de su madre se tuvo que vender cuando la empresa donde trabajaba quebró y fueron despedidos, y a su edad es muy difícil encontrar trabajo. Pero Blas no es un cobarde y sigue pensando que algo ha de pasar, si no lo de los extraterrestres, algo más difícil como que le propongan un trabajo decente.
3
-¡Tac, tac, tac! -Algo golpea sus cristales y le despierta. Soñoliento mira hacia todos lados sin saber, a ciencia cierta, que ha pasado-.
-¡Tac, tac, tac! -Ahora si que está seguro. ¡Es el ficus!. El arbolito se inclina milagrosamente hacia la ventana y le llama.
Blas se levanta e inmediatamente el arbolito regresa a su posición original. Blas lo interpreta como un aviso de que ha de seguir en la cama.
-¡Tac, tac, tac!
Blas ha visto muchas películas en las que se comunican por golpecitos y decide llevarlo a cabo.
-No se quienes sois, pero si me queréis decir algo, con un golpe diréis que si, con dos que no. Vamos a empezar. ¿Me conocéis?
-Tac.
-¿Queréis decirme algo?
-Tac
-¿Queréis que salga?
-Tac, tac.
-¿Queréis que haga algo?
-Tac.
Y poco a poco Blas sigue con su conversación en la que, al cabo de un rato, los alienígenas le indican que tiene que conocer a alguien que lo necesita, que no se encuentra lejos y que será en los próximos días. Ellos le prometen que esto será la felicidad para los dos. Para terminar la conversación tres pares de ojos se asoman a su ventana y le saludan arrugando sus narices. Blas se encuentra feliz y nervioso, seguro que no dormirá ya el resto de la noche. Espera que sus amigos, que seguro que son de la raza Suri por el tamaño, se vayan y se levanta. Primero va a la cocina a tomar un vaso de agua y luego se asoma al balcón. No ha sido un sueño, algunas hojas del ficus están como mordisqueadas. Será un recordatorio de lo que tiene que hacer.
Y todos los pensamientos lúgubres desaparecen pensando en ese futuro que puede traerle, como mínimo, nuevas metas y retos.
Mientras, In Chao, Lim Piao y Kung Fu, continúan investigando a ver si encuentran alguna otra planta más adelante.
3)Federico.
Federico -el quiere que lo llamen Fede- se levanta del sillón y deja el cigarro en el cenicero de la mesa. Ha sonado el timbre de su puerta y disculpándose con los 3 amigos que están con el, se dirige a abrir.
-Buenas noches vecino -le dice Luis García- vengo a pedirte un pequeño favor. Perdona que venga tan tarde pero he oído que estabais despiertos y me he atrevido a molestaros.
Y le cuenta la escapada de los 6 conejitos y termina pidiéndole, por favor, que mire en su balcón por si se encuentran en el.
Fede se ríe de la anécdota y le invita a pasar, el resto de los amigos, que también la han escuchado se ponen de pié y todos se dirigen al balcón.
¡Y en el se ven corretear a tres de los gazapos escapados!
Pero una cosa es verlos y otra agarrarlos. Nuria, una de las muchachas del grupo se lanza en plancha y consigue atrapar al huidizo Hin Chao que por ser el más gordito es el menos ágil de los tres. Los otros, desaparecen por debajo de la mampara que separa el balcón, de su vecino.
-No te preocupes Luis, que si los veo pasar ya te los iré cogiendo. Mientras pasa, tomate una copa con nosotros y despreocúpate que los conejos no son tontos. Pon agua y comida en tu balcón y verás como regresan. Ahora no es ya hora de que vayas a llamar a otras puertas.
-Gracias Fede, te voy a aceptar la copa y la sugerencia. Estoy nervioso porque si no aparecieran no se que le iba a decir a mi hijo Carlitos.
-Tranquilo Luis, todo se arreglará. Mira, te voy a presentar. Esta preciosa joven que está besuqueando al conejo regordete es Nuria, una buena amiga como todos los demás, como este tío tan feo que es Ximo, mi amigo de toda la vida y su novia Su que como verás no ha podido tener peor gusto con el novio.
-Mucho gusto muchachos y gracias por dejarme integrarme esta noche en vuestra reunión.
-¡No te confundas vecino! Esto no es una reunión, te presento al conocido club del Pentamerón, famoso en el mundo entero y al que solo pertenecen personas de mucha alcurnia. Su es recepcionista de Hotel, Nuria trabaja en El Corte Inglés y Ximo es del honrado gremio de los fontaneros. Me olvidaba de mi, representante de charcutería y siempre dispuesto a venderte un buen jamón.
-No se si me querréis en vuestro grupo pues, a pesar de mis títulos nobiliarios, de momento estoy prácticamente en el paro y hace un año que entré en el gremio de los pute.... digo divorciados.
Y con gran camaradería, el grupo brinda con unas cervezas y un jamón delicioso del muestrario charcutero de Fede.
-Bueno -pregunta Luis- y me queréis aclarar ¿que es eso del club del Pentamerón?
-Por supuesto, vecino. ¿Tu conoces el Decamerón de Bocaccio?
-Claro, conozco el Decamerón y el Eptamerón.
-Pues aquí lo tienes, nosotros somos el Pentamerón, porque somos cinco amigos y nos reunimos de vez en cuando y todas las noches de una semana para contar historia real o inventada, escrita o recordadas, pero todos han de contar algo, como mínimo. Como ves somos un grupo de escritores frustrados.
-¡Pero sois cuatro! ¿Falta alguno por venir?
-No Luis, nuestro amigo Boris se ha ido a Francia a ver si se puede ganar la vida porque aquí estaba condenado a vivir del paro o de los familiares o amigos. Pero estoy pensando que quizás pudiéramos ser otra vez los cinco, o más. ¿No te interesa unirte al grupo? Por lo que has dicho si pareces ser amante de la lectura.
-¿De verdad me aceptaríais? Me parecería estupendo. Tengo una biblioteca de más de mil libros a vuestra disposición.
-¡Pues no se hable más! Pero no corras que la cosa no es tan sencilla. Primero has de pasar una prueba terrible... sin tenerlo preparado nos has de contar una historia que no conozcamos. ¿Te atreves?
-Por supuesto, ¿Algo más?
-No, tu cuéntala y después celebraremos tu incorporación con algo más sustancioso que este anís que no se de donde lo han sacado. Bueno, olvidaba decirte que, si no tienes inconveniente, recopilamos todas las historias para luego intentar publicarlo, si lo conseguimos y da algo de dinero haremos juntos un viaje, a Benidorm, Madrid, París o Japón dependiendo de la cantidad.
-Estupendo, por mi no hay inconveniente.
-Perfecto, pues ahora tenemos que ponernos de acuerdo en que tipo de historias. No hay límite de tiempo ni de páginas, cada uno contará o leerá lo que haya preparado, pero si es importante que los temas que tratemos sean sobre lo mismo. No podemos hacer una narración sobre la guerra del catorce y luego un cuento de Caperucita. El material que estamos guardando tratará sobre Valencia, comunidad, ciudad, reino, provincias, o lo que queráis, pero que se adapte. Y el tema será la soledad. También estaríamos dispuestos a admitir a cualquiera que le pueda interesar formar parte de nuestro grupo. Es difícil hoy en día encontrar a personas interesadas en la cultura, desgraciadamente. ¿Con que nos vas a deleitar Luis?
-Voy a contaros un pequeño cuento que escribí hace un par de años. Lo titularemos “Los cántaros”.
-Adelante pues, Luis.
Y los amigos destapan unas cervezas y se acomodan para escuchar la historia de Luis García.
3.
Lunes
Soñar no es suficiente
se necesita cariño
para seguir siendo un niño
con arrugas en la frente.
Son las siete de la mañana y un vecino está poniendo un cartel pegado con celo en la puerta del ascensor.
Vecinos: Ruego me disculpéis pero ayer se me escaparon 7 conejos que le dieron a mi hijo. Ruego que si los habéis visto me informéis. Si han cometido algún desastre me haré cargo de todo.
Gracias. Llamar a mi teléfono 999999999 y pasaré a recogerlos o iré a donde se encuentran.
Naturalmente es García que se ha apresurado a comunicar la perdida muy preocupado por su hijo, los vecinos y los conejos.
4)Rosita.
Son las 8, suena el despertador de doña Rosita. Se despierta pensando en el conejito que quien sabe por donde andará en este momento. Mejor esperar que venga esa muchacha que me atiende y ella que tiene buenas piernas seguro que se hará con el conejo de San Guillermino. Y doña Rosita se vuelve a dormir.
Un ruido en la cocina la despierta.
-¡Muchacha, muchacha! -dice Rosita a grito pelado-.
-Dígame señora -le dice la joven apareciendo por la puerta-.
-Necesito que me busques el conejo. (El conejo puede tener un doble sentido en España y particularmente en Valencia).
Y la muchacha que conoce de sobra que en la casa no hay conejo ni muerto ni vivo solo se le ocurre que a la anciana se le ha ido la cabeza o, sencillamente, está de broma; cosa que duda mucho por el carácter de su patrona.
-¿Que? -exclama la muchacha sorprendida- ¿Pero que me está pidiendo?
-Pues me parece que te lo he dicho bien claro -dice Rosita subiendo el tono de voz- quiero que me busques el conejo y una vez lo encuentres lo lavas que me da la idea de que tiene que estar muy sucio.
-¡Pero señora, yo no voy a hacerle eso!
-¿Como que no? Yo te pago y tu tienes que hacer lo que yo te diga.
-¡Ni mucho menos!, yo estoy aquí para lavar, arreglar la casa y cocina, pero usted perdone, ¡su conejo lo lava usted!
-¿Pero que problema tienes? Seguro que en tu pueblos estabas tocando conejos todos los días.
-¡Señora, yo necesito mucho el dinero que usted me paga pero no le voy a consentir que me insulte!
-¡Esta si que es buena! Te molesta coger un conejito pequeño y en tu pueblo teníais una granja y seguro que todos los días estabas dando de comer a los gazapos.
-¡Claro, pero no eran los mismo conejos!
-¿Como que no? ¿Acaso no teníais conejitos pequeños?
-¡Claro que si, pero una cosa son esos conejos y otra es el conejo que usted pueda tener entre las piernas!
Y doña Rosita que se pone blanca dándose cuenta de la equivocación.
-¡Santo cielo muchacha! ¿De verdad te has pensado que yo te pedía que me buscaras a mi el conejo?... ¡Pero si es un gazapillo que estaba anoche en el balcón y que entró en casa! Yo, por mi edad, no lo pude coger y seguro que estará escondido en cualquier rincón. Yo pienso que me lo mandó Santa Guillermina por mis oraciones. ¡Anda, ves a buscarlo que el pobrecito tendrá hambre y sed!
Y doña Rosita se pone a reír, cosa que hacía mucho tiempo que había olvidado como se hace.
Al cabo de un rato la muchacha aparece en la habitación y le dice ...
-Señora, el conejito no está en la casa, quizás haya aprovechado un momento que he estado limpiando el balcón y se haya escapado. Lo siento mucho.
-No te preocupes muchacha, por cierto ¿como te llamas? Ven anda y cuéntame como era la granja en tu pueblo. ¿Tu crees que un día podríamos ir a verla y tus padres me enseñarían los conejitos?
-Cuando usted quiera, señora. Mañana mismo si quiere estará mi padre en Valencia y puede pasar a vernos. Podemos quedar para cualquier día. Y me llamo Sara.
-Me parece estupendo. Me encantaría Sara.
Y en ese momento, entre las sábanas, asoman las orejas de P.Tet.
4.Martes
5)Fede
Fede mira el reloj. Es casi la hora a la que quedó con sus vecinos y amigos.
En la puerta de enfrente a la suya parece haber una discusión. Se oye a un hombre gritar y los sollozos de una mujer.
Fede abre su puerta y nota que alguien intenta abrir la que se oye la discusión. Apenas se abre unos centímetros y un empujón o una patada la cierran de golpe. Fede se dirige hacia la puerta y en ese momento llega Blas, Luis y Rosita abre su puerta. Fede se pone en la puerta y una de las veces que se abre pone su pié entre el marco y la hoja. Un nuevo empujón, pero esta vez sin consecuencia, los 95 kilos de Fede impiden que se cierre y la inercia hace que rebote y se abra hasta la mitad. En el suelo hay una muchacha encogida sobre si misma y al lado un energúmeno con los puños en alto, gritando improperios y preparándose para asestarle una patada. Al ver la puerta abierta se gira y se dirige hacia Fede.
-Muchacho -dice Fede- no te pongas nervioso que puedes caerte y hacerte mal. ¿Verdad vecinos?
El grupo, que no ha comprendido todavía, asientes a la pregunta.
Un muchacho delgado, comido por la droga puede ser un enemigo terrible al estar enloquecido, Pero Fede demostró estar muy por encima y con toda la calma lo sujetó y tiró al suelo donde quedó sollozando y convulso.
-Escucharme bien amigos -dijo Fede- con el fin de no meternos en un lío y que la muchacha tampoco lo esté, vamos a hacer lo siguiente si os parece: voy a bajarlo al patio y llamaré a la policía. Los esperaré en la calle y diré que he visto que se caía enfrente de nuestro patio. Ellos se harán cargo. Previamente tendré unas palabras con el energúmeno este. Vosotros atender a la muchacha. No creo que sepamos más de el, pero si hubiera algún problema, el se cayó. ¿De acuerdo?
-Por supuesto -contestaron los amigos.
6)Elena.
Blas y Luis incorporan a la muchacha que solloza. Rosita Reza entre dientes y coge a la chica de las manos con mucho cariño. La llevan al comedor y la sientan. No para de llorar y parece estar ausente. Blas se alarga a la cocina y le trae un vaso de agua. No saben que hacer pero una mirada de Rosita les indica que se alejen un poco y ella arrima una silla al lado mismo de la muchacha. Acaricia con cariño a la joven que la abraza y reclina la cabeza en su hombro.
5.Miercoles
7)El viejo Blas
-Serías muy feliz Blas.
-Muy feliz Elena. He de confesarte que no cambiaría ni una coma de mi juventud por la época actual. Hace un tiempo se podía decir que al menos éramos mas ricos y teníamos una mejor situación en este siglo. Pero ahora ya no es cierto, quizás haya más libertad para decir lo que quieres, pero esta paz es la de los cementerios con gente como tu amigo, familias desechas, paro... Nunca me ha interesado la política, ni en mi juventud ni ahora. No me di cuenta de que estaba tan oprimido y tan silenciado porque nunca lo noté, pude trabajar en lo que quería sin necesidad de un máster carísimo ni de diplomas, gane suficiente para comprarme mi piso y criar a mi hijo dignamente y nunca me sentí vigilado ni oprimido. Lo que yo quería, que era vivir dignamente y ser feliz, lo tenía.
-Te envidio Blas.
-No lo hagas Elena, no lo hagas porque yo te envidio a ti, tu tienes un futuro y puedes tomar el camino que desees. Salir de estas amistades que te harán una desgraciada o madurar y entender los límites de los seres humanos y forjarte una vida con alguien que te quiera y te respete. Pero veo que tienes sueño, duermete tranquilamente yo me quedaré aquí contigo hasta mañana. Mañana hablaremos y te ayudaremos en la que tu quieras hacer.
-Muchas gracias Blas, eres un buen hombre. Pero sigo muy nerviosa. Podrías contarme más cosas. Por ejemplo, ¿que diversiones tenías de pequeño?
-La primera era, evidentemente, jugar con los amigos. Mi casa, en la calle de Jesús, estaba enfrente de la estación de Villanueva de Castellón y casi todos los amigos que cerca de mi casa eran niñas, los varones los tenía en el colegio, primero en los cagones y luego, durante el bachiller elemental en los Padres Agustinos en la calle de Albacete. Pero la principal diversión era, sin ninguna duda, el cine, el querido cine Ribalta.
-Yo soy el zorro zorrito, para mayores y pequeñitos.
Es curioso con que facilidad desaparecen de nuestras vidas las cosas que en un momento parece que sean muy importantes o los personajes que han estado de moda y después, no se si porque eran mediocres o porque no tuvieron la suerte de en-contrar patrocinadores, no han dejado el menor rastro.
Yo recuerdo de los años 50 a Pepe Iglesias, el Zorro. Su cantinela cuando empezaba sus programas de radio era esta...
-Yo soy el zorro zorrito, para mayores y pequeñitos.
No recuerdo ninguno de sus programas porque yo era muy pequeño, pero si que recuerdo la cantinela.
También había un muchacho, creo que estaba en el hospital de Fontilles que tocaba música con un órgano al que hacía hablar. Recuerdo que se entendían perfectamente las palabras de la canción. Una de las letras (esta no la decía el órgano) decía así...
... cuando será domingo madre querida para yo verte. Yo bien quisiera que toda la semana madre querida domingo fuera.
También estaban Tip y Top (Luego fueron Tip y Coll), pero Top, desapareció de nuestra memoria, lógicamente al enfrentarse su recuerdo con el de los dos montruos que fueron Sánchez Polak "Tip" y Jose Luis Coll. La cantinela de entrada de sus programas decía poco más o menos...
-Tipyyyyyyyyyyyyyyy Top.
A mi, particularmente, había canciones y programás que me hacían soñar, normalmente con un amor y siempre con la dulzura de unos ojos hermosos que me quisieran y por los cuales yo sería capaz de dar la vida.
Con "Siboney" me paseaba entre árboles cogido de su suave mano y "al arrullo de su canto de cristal" y al escuchar Diego Valor me paseaba por galaxias para encontrar a la hermosa muchacha de achinada cara de la película "al sur del Pacífico".
La vida después nos demuestra que actualmente, Siboney se casaría o sería la amante del propietario de la plantación, Diego Valor pasaría a cobrar sus servicios cada semana a la Confederación Intergaláctica y si lograra encontrar a la hermosa chinita me mandaría a "escaparrar cebollinos" si no tenía una buena cuenta corriente.
Cuando una persona pierde lo trabajado toda la vida, su familia y sus sueños por algo tan terrible como no gustarle bailar, se replantea toda su vida y se da cuenta de que se ha equivocado en muchas de sus decisiones y que quizás, solo quizás, el mundo actual es de los sinvergüenzas, egoistas, falsos y mentirosos.
6.Jueves
8)Luis
Blas se acerca a la ventana del balcón. Fuera está lloviendo. No mucho, esa lluvia que en cada sitio le dan un nombre distinto, calabobos, chirimiri, orballo... Hace calor, son los últimos días de septiembre pero el tiempo no se ha enterado y sigue como si fuera un día fresco de agosto. Esta tarde no correrán los perros en el canódromo. A pesar de tenerlo tan cerca no se le ha ocurrido nunca pasar a ver las carreras. No ha tenido tiempo. Cuando una cosa no te gusta no tienes tiempo y si te gusta puedes hacer un sacrificio por poco que tengas de él. Es normal.
Hay ciertos momentos en que se arrepiente de no fumar. Nunca le ha gustado, pero esta tarde, con Sofía dormida en el sofá, la lluvia que de vez en cuando, impulsada por un soplo de viento, moja los cristales y la luz que va mermando poco a poco, es un momento ideal, supone, para fumarse un cigarrillo.
Quizás debería pasar a su casa. Le sabe mal estar con la joven dormida sin que ella lo sepa. Pero es como han quedado, ella es consciente de que iba a entrar y no se perdonaría que el sinvergüenza de Genaro aprovechara para entrar en la casa para seguir golpeándola o algo peor. No quiere ni pensarlo.
-Hola Blas. Perdona, me he dormido.
Le sorprende la voz de Sofía. Se gira. La muchacha está mirándolo con una encantadora mueca que se supone que es de vergüenza por no haberlo esperado despierta.
-No tengo nada que perdonarte Sofía. Esta tarde es ideal para dormitar. Tu no recordarás un canción, de mi época, que cantaba Sylvie Vartan y que se llamaba El ritmo de la lluvia. Era preciosa y la muchacha también. Yo estaba muy enamorado de ella, era francesa y eso era un aliciente más. Estas tardes son ideales para dos personas que estén enamoradas verdaderamente. Son ocasos románticos.
-¿Por que dices “verdaderamente” Blas”. Acaso no será así en la mayoría de las parejas.
-Yo creo que no Sofía. Una cosa es el atractivo sexual y otra es el amor. No quiero hablar de esto contigo porque yo soy un viejo que piensa como viejo y tu eres una niña en una época en la que todo ha cambiado. Un día de sol y alegría, a lo mejor hablamos de esto. Hoy no. Yo creo que lo ideal es hablar de cosas que nos hagan sonreir.
-Me apetece mucho Blas. ¿Me puedes contar alguna anécdota tuya.
-Pues si, te voy a contar una y, para llevarle la contraria al tiempo, ocurrió en unos calurosos días de Julio. Quizás pienses que te estoy contando un chiste, pero te juro que ocurrió tal como te lo voy a contar.
«Comenzó la historia, como ya te he dicho, en un caluroso domingo de Agosto. Yo tenía un seiscientos que mi tío Luis le había comprado a mi tía Isabelita. Como ninguno de los dos eran tontos, mi tío sabía que mi tía lo pedía para dármelo a mi y ella sabía que el estaba al corriente. Pero así estaban todos contentos. Mi tía no quiso llevarlo ni una sola vez y el coche me lo “dejó” mi tío para siempre.
Como en ese momento yo era el único de los amigos que tenía coche, quedamos varios para irnos a la playa. Creo que comenzamos el camino y en el coche íbamos cinco personas, tres chicos y dos chicas.
Entre risas y chascarrillos comenzamos la odisea de irnos a la playa. No lo habíamos hablado y fue en ese momento cuando se nos ocurrió. Iremos, no sentaremos en algún chiringuito y pasaremos una mañana de domingo “ligando” y si todo va bien, esta tarde haremos una reunión en alguna de las casas que las madres nos dejen o no estén.
Todo funcionaba espléndidamente cuando de repente empiezo a sentir un dolor insoportable en los testículos.
Comienzo a sudar intentando que no se note nada, y menos delante de dos chicas. Pero el dolor va en aumento. No se que inventarme. Paro a un lado diciendo que me ha parecido oir un ruido en el motor. Los amigos no hacen caso y siguen de palique con las dos niñas. Lo celebro porque así nadie se da cuenta de los gestos de dolor y la extraña posición que he adoptado para mientras repaso el motor al que, por cierto sigo teniendo cerrado.
Poco a poco me voy encontrando mejor y, arrastrando las piernas, consigo subir al coche y terminar el recorrido que quedaba hasta la playa. Poco a poco desapareció el dolor y pasamos una mañana muy agradable haciendo los planes para la tarde. Las chicas tenían algunas amigas y quedamos en el centro de Valencia para después irnos todos juntos a la casa que hubiéramos decidido.
Cuando se hizo la hora de comer subimos todos al coche y salimos todos contentos por el estupendo día que habíamos pasado y la esperanza de que la tarde quizás sería todavía mejor.
No me acordaba del maldito dolor pero al cabo de unos kilómetros una ligera punzada me avisó que algo empezaba a gestarse en mi parte varoniles. No soy religioso pero en ese momento me dirigí a todos los Santos que recordaba para pedirle por un pobre muchacho que iba a hacer un ridículo espantoso revolcándose en el suelo mientras se sujetaba la entrepierna del pantalón. Seguramente que me escucharon porque, a pesar de que volvió el dolor y comencé a sudar copiosamente conseguí, haciendo un terrible esfuerzo y sin bajar del coche para despedirme, alegué que llegaba tarde a casa y mis tíos venían a comer y con un ligero movimiento del brazo dejé al grupo en el centro para que tomaran el tranvía y salí a unos espeluznantes 50 km por hora para llegar a mi casa en la calle de Jesús.
Gracias a Dios que en la época de la que hablamos la calle estaba desierta de coches y yo podía permitirme el aparcar el coche en la misma puerta de mi casa.
Inclinado sobre mi mismo, conseguí subir a casa. Abrí la puerta y me dirigí a mi dormitorio. Saludé a mi madre con un “¡Mamá, ya he llegado!” y me dejé caer en la cama donde. Poco a poco, fue desapareciendo el dolor. Una ducha rápida, y la preparación con un repeinado de “arriba España”, medio litro de Varon Dandy, una comida rápida de dos cortadas de carne de caballo y unas patatas fritas y ya estaba otra vez saliendo de casa para coger el tranvía, reunirme con los amigos en los billares Colón y ver en casa de quien había decidido hacer la reunión.
Aquella misma tarde quedó olvidado el dolor de la mañana, aunque si conseguíamos que las chicas se arrimaran con las canciones de Adamo, quizás el dolor volviera aunque fuera de otra manera.
El resto de la semana fue absolutamente normal y el dolor se fue olvidando como un mal sueño.
No quiero tampoco aburrirte con mi historia, basta conocer que el domingo siguiente fue una copia del anterior. Salida, esta vez a por la tarde a un pueblo donde actuaba Miky y los Tonis y por el camino el maldito dolor que me mantuvo encogido todo el concierto.
Al llegar a casa mi madre ya no le hizo ninguna gracias y sentenció...¡Mañana vamos a que te vea el médico”
Con mi madre había poco que discutir porque cien veces de cada cien tenía razón.
Y así fue como al día siguiente nos presentamos en la clínica para que le dijeran a tu amigo Blas el porque de sus dolores.
El sesudo médico investigo, palpó, consulto, dio vueltas por la habitación y, por fin, sentenció.
-Señora Fina, su hijo tiene una hernia de caballo. Es imprescindible que, a la mayor brevedad, pasen por este sitio -y alargó a mi madre una tarjeta- para que le confeccionen una braguero. No se entretengan porque la cosa puede ir a más rápidamente y podría provocarle impotencia.
Las palabras del médico me dejaron helado. ¡Como que un braguero? ¡Eso lo llevan los viejos!
Mi madre agradeció al médico de la mutua su interés y salimos a la calle; yo preocupado por la sentencia para mi hombría futura o mi ridículo inmediato y mi madre por la enfermedad diagnosticada a su “nene”.
-Podríamos aprovechar e ir ahora mismo a que te vieran en esta dirección.
Sentenció mi madre casi saltándole las lágrimas.
-Mamá -contesté- lo siento de verdad pero, te pongas como te pongas no me voy a hacer un braguero. Me es igual si mañana tengo una hernia o me quedo impotente, con 18 años no voy a ir por la vida con un braguero.
-Pues tu verás lo que haces. Y no me vengas más con que vas rabiando de dolor. Cuando el médico te ha dicho esto es porque lo necesitas.
Nunca he conocido en el mundo a una persona más insistente que mi madre. Se pasó toda la semana intentando convencerme de las excelencias de llevar el braguero y yo huyendo de casa para oírla lo menos posible.
Menos mal que era agosto y esa semana tenía el día de fiesta el jueves. Eso dejó solamente tres días a mi madre para su insistencia cansina. Y el jueves ya habíamos quedado en irnos a la playa con los amigos.
Pantalón de baño, pantaloncito corto, camiseta de tirantes para que se vean los músculos, zapatillas de deporte y la toalla. Veinte pesetas de gasolina para llenar el depósito del seiscientos, pasar a por los amigos y esperar a que no quisieran ir muy lejos porque estaba claro que en trayectos cortos no me daba el dolor. Pero no tuve suerte, ya habían hablado de salir para el Saler. No dije nada y me preparé a resistir lo más posible. Pero no tuve el más mínimo dolor en todo el trayecto, ni a la ida ni a la vuelta. Estaba claro, el idiota del médico se ha equivocado y quería llevarse la comisión del braguero.
Cuando a medio día llegue a casa lo primero que hice fue comunicarle a mi madre la buena nueva. Mi madre, siempre dispuesta a dar buenas noticias y a alegrar a todos en lo posible, sentenció.
-¡Ya veremos! Será de momento y seguro que al final te tienen que operar.
Undído, pero con la alegría de saber que esta tarde teníamos un grupo de chicas con las que habían quedado mis amigos y nos iríamos a un baile por el Cabañal, comí rápidamente, pero como siempre con mi libro delante, me puse mis vaqueros y a las cinco ya estaba en los billares esperando a la pandilla. Como el baile estaba lejos y no había buena combinación de trasporte para llegar, decidimos pasar a por el coche. Hicimos un poco de tiempo con unas cuantas partidas en las que creo que metimos tres bolas, entre todos, y salimos a por el coche.
Ya de camino empecé a notar unas punzadas que me avisaban que estaba por llegar el maldito dolor. Y efectivamente llegó. Aparcar el coche, a pesar de tener media calle para mi, fue un tormento. Tenía que estar encorvado para sentir un ligero alivio en mi intimidad.
No tardaron los amigos en darse cuenta de que algo no iba bien. Al verme salir ya no fue posible el ocultar mi dolor. Sujeté la puerta del coche para poder ponerme de pié y Ramón vino a preguntarme.
-Que te pasa Paco, ¿Te encuentras mal?
Sacando fuerzas de la flaqueza les confesé a los tres que ya estaban a mi alrededor.
-No puedo aguantarme, Tengo un dolor terrible en los testículos. El médico me ha dicho que tengo una hernia y mi madre está empeñada en ponerme un braguero.
Para mi sorpresa no vi en mis amigos ninguna expresión de compasión por el amigo maltrecho y dos de ellos hasta empezaron a reír.
-¡Seréis cabrones! ¡Veis lo jodido que estoy y os ponéis a reír!
-¡Hombre! -dijo Pepe a la vez que me daba unos golpecitos en el hombro- Todos hemos pasado por eso amigo Blas- Llevas los pantalones vaqueros demasiado estrechos. Cómprate otros y mientras procura bajártelos lo más posible para que no te aprieten en la entrepierna, si no seguro que esta tarde no bailas.
Me quedé frío. ¡Ese era todo el problema! ¡Y el doctor queriéndome vender un braguero para toda mi vida!
Hice caso y bajé la cintura de los pantalones para dejar algo de espacio entre los camales y mi anatomía y, poco a poco, desapareció el dolor. Ni que decir tiene que toda la tarde mis amigos se la pasaron viniendo de vez en cuando a preguntarme, con retintín, como estaban mis juguetitos.»
9)El gigante
Era alto, inmenso, esbelto, era un eucaliptus bellísimo.
Estaba en el patio del colegio, nos daba sombra y nuestras madres recogían sus hojas para ponerlas a hervir y perfumar la casa.
¡A cuantos niños habrá observado desde su cúpula mayestática!. ¡Cuantos "corros del chirimbolo"!, ¿cuantas veces nos habremos arrimado a el para taparnos los ojos y contar veinticinco mientras nuestros amigos se escondían?.
Desde la galería de mi casa parecía que ocupaba todo el horizonte y de vez en cuando nos llegaba el intenso perfume de sus hojas que competía, en invierno, con el maravilloso perfume del azahar que nos llegaba de los campos.
Estaba en el colegio de las chicas, nosotros los chicos, ocupábamos otro patio y no gozábamos tan a menudo de su protectora presencia.
En este colegio aprendimos a leer, yo con Don Itropio (palabra de honor que se llamaba así). Recuerdo que teníamos unos pupitres en los que había un pequeño recipiente con la tinta. Entonces, todavía no estaba de moda el bolígrafo y los niños llevábamos nuestros guardapolvos con alguna que otra mancha de tinta.
Después de tantos años, todavía tengo en mi olfato el dulzón olor de los libros cuando empezábamos las clases. Era un olor que se te queda en el olfato y el alma. De papel, de goma de borrar, de los lápices "Alpino" recién estrenados, de esa cartera con las libretas, todavía inmaculadas. Ese olor no se olvida, no solamente forma parte de nuestra infancia... es nuestra infancia.
Hubo una temporada que, a media mañana, nos llamaban para darnos un vaso de leche "de los americanos", era buena, muy buena, pero nunca podía ser igual que aquella leche blanca que me daba mi "mama", una leche que ella hervía y formaba una costra de nata amarillenta a la que agregaba un poco de azúcar y Paquito se comía con deleite.
Yo no recuerdo que nos hayamos pegado nunca, ni los maestros nos trataran mal. Guardo todo el cariño para ellos, que nos enseñaron a ser personas ante todo y después, a amar los conocimientos y querer saber cada día un poco más.
Con el tiempo me he dado cuenta de que el mundo lleva el mismo camino que nuestro eucaliptus. Nos protegió, nos dio sombra con su inmensa cúpula, perfumó nuestra vida y nosotros le pagamos talándolo. Supongo que su madera habrá sido convertida en serrín y posiblemente haya sido convertido en tableros que, quiero pensar, formará parte de alguna mesa donde algunos niños leen historias maravillosas de koalas y canguros y de este modo seguirá teniendo alrededor a sus queridos pequeños amigos.
10)Las trampas en la luz
Cuando la vida te niega hasta lo más necesario, la gente ha de sobrevivir y ha de ahorrar hasta el último céntimo.
Por esta razón, en los años 50 era bastante común el hacer trampa en la luz.
¿Qué como se hacía?... muy sencillo, se cogía una fase de la línea eléctrica (entonces era de 125 v) y la otra se liaba en el grifo de la cocina que hacía de tierra. Y ya está, el vecino tenía luz pero no se movía el contador. Esto tenía una pega, algunas veces, cuando intentábamos abrir el grifo del agua, te quedabas pegado y aunque no era suficiente para hacerte daño, no dejaba de ser molesto.
El marido de nuestra vecina de rellano la Señora Felipa, era un manitas en estos menesteres, aunque una vez, recuerdo que haciendo de gato por los tejados se cayó a la planta baja y no se mató, unos dicen que de milagro y otros que lo protegió el alcohol que llevaba en el cuerpo.
La cuestión es que había veces que la conversación que se podía oir en mi casa era la siguiente...
-¡Carmen, tráeme un vaso de agua, por favor!.
-Voy mamá, te la llevaré frrrrrrrreeeeeeeees-sssssssssssssssssssquiiiiiiiiiiiiita. ¡Ay, que ya tiene la señora Felipa puesta la trampa!.
Pero no nos enfadábamos, comprendíamos los problemás de nuestros vecinos porque, al fin y al cabo, éramos una gran familia y sobrevivíamos como podíamos sin hacer mal a nadie.
Quizás una de las cosas que me parece que han perdido en estos tiempos la juventud es la capacidad de soñar. Naturalmente nunca se habla de manera absoluta, siempre hay soñadores, pero hay que reconocer que es mucho más difícil.
Entonces todavía podíamos soñar con descubrir nuevos mundos, lagos desconocidos y sobre todo un lugar al que se llegaba por un río en el que había un remolino. El remolino era una cosa muy trillada. Soñar, todavía estaba al alcance de todos.
Naturalmente ahora ha desaparecido el remolino y ya no podemos ser Allan Quatermain descubriendo mundos perdidos. Basta con entrar en Internet y acceder con el Google Earth para ver que no existe la ciudad de Opar y por lo tanto Tarzán seguramente ganó su fortuna jugando en la bolsa o haciendo anuncios de detergente.
Sherlok Holmes y Hércules Poirot serían pardillos intentando descubrir con su inteligencia un crimen que se resuelve automáticamente con un poco de saliva. Sigue necesitándose la inteligencia y la intuición, pero es imposible demostrarla si no hay detrás de ti una enorme tecnología. Los marcianos de H.G. Wels dan risa y el Capitán Trueno era un auténtico imbécil por ser honrado y leal.
Entonces nuestro mundo era mucho más pequeño, pero por esta razón, todos lo alcanzábamos. Patraix era un pueblo lejano, el mercado de Jesús una aventura y en un viaje que hice a Madrid le pregunté a mi madre si hablaban como nosotros. Ahora podemos soñar con ser astronautas, pero necesitaríamos tener un cohete y una carrera carísima, entonces podías soñar con correr aventuras y solo necesitabas coger el tren y salir a cualquiera de los pueblecitos de Valencia. La aventura vendría a ti con toda seguridad. La aventura era barata y un pobre aprendiz de carpintero no solamente podía soñar con tener una fábrica, casi con seguridad que la tendría.
Y esto me recuerda un verano de los 60. Cogimos el tranvía para ir a la playa y por el camino sentí un tremendo dolor en la entrepierna. Un dolor insufrible que me hizo levantar del asiento y doblarme para intentar disminuirlo. Poco a poco se me fue pasando, pero el resto del día mis amigos tuvieron motivos para estar gastándome bromas.
El resto de la semana no tuve ya ningún problema, pero al domingo siguiente tuve otro ataque de dolor, esta vez más fuerte. Nuevas bromas de mis amigos y yo avergonzado por hacer el ridículo delante las niñas que venían con nosotros.
Así pues y como la cosa ya era grave, mi madre me llevó al médico de una mutua que pagaba mi tía.
El hombre me miró, palpó, discurrió y sentenció una receta que para mi fue como la pena de muerte.
-El niño tiene una hernia de caballo y tendrá que llevar braguero toda su vida. Aquí tiene la receta señora.
Ya bajando la escalera mi madre quería ir inmediatamente a la farmacia a comprarme el braguero, a lo que yo me negué tajantemente.
¡Ya me veía yo, delante de la “Brigitti Bardot”, poniéndome morritos y yo diciendo...
-Espera cariño, que me voy a quitar el braguero. -¡No, no y no!, prefiero pasar el dolor a tener que pasar la vergüenza, cuando sea viejo ya me lo pondré!.
Lo curioso del caso es que no tuve el dolor ningún día del resto de la semana e inclusive al domingo siguiente, cuando fuimos a la playa, no apareció a pesar de estar yo todo el rato pensando que me iba a hacer pasar otro ridículo.
Cuando llegué a casa se lo comenté a mi madre y ella también quedó extrañada.
-Por cierto Paquito –me comentó– ya tienes los pantalones vaqueros esos que te pones tan estrechos los domingo lavados, como llovió el viernes no se te secaron y habrás visto que hoy te has puesto los otros.
Un sudor frío me recorrió el cuerpo y desde entonces he desistido de ponerme pantalones vaqueros y mucho menos ajustados.
¡Que ojo el de aquel médico que si le llego a hacer caso había ido con braguero toda mi vida cuando todo dependía de no llevar los pantalones demasiado ajustados!.
Con la edad te das cuenta de que muchísimos problemas que de jóvenes vemos como hernias incurables no son más que pantalones demasiado ajustados.
11)El tío charraor.
En valenciano "charraor" significa "hablador", pero con la significación añadida de ser en exceso. La palabra exacta sería quizás, parlanchín.
Una vez que pudimos comprar el piso donde vivíamos, mi madre quiso hacerle algunas reformas y una de ellas fue el bajar un poco los techos del comedor y el pasillo que eran altísimos.
Mi hermana Carmen se lo dijo a un compañero de Lanas Aragón y como era extraordinariamente apreciada por todos, este le dijo que tenía un amigo que se dedicaba a poner escayolas y que el, personalmente, nos regalaba las placas. Cuando conocimos a su amigo, por no ser menos y por atención a su amigo, nos dijo que nos regalaba el trabajo. Naturalmente nos lo pondría conforme tuviera tiempo y en los ratos libres.
Esto hizo que la puesta de las dichosas placas de escayola se dilataran en el tiempo y tuviéramos la casa con polvo de escayola para comer, cenar y almorzar durante bastante tiempo. Por otro lado, nos dio tiempo de considerar casi de la familia al hombre que nos ponía las placas y que dimos todos en llamar "el tío charraor". Quizás hayan supuesto cual era su pequeño defecto; no paraba de hablar.
Un día, mi madre le comentó...
-Señor Fulano, ¡mira que habla usted!, ¡no para!, al final le vamos a llamar "el tío charraor".
Y el buen hombre le contestó fingiendo irritación.
-Senyora Fina, ja se cuidará voste mes que de pissarse en lo llit de dirme "el tío charraor". (Señora Fina, ya se cuidará usted más que de mearse en la cama de llamarme "el tío charraor").
El hombre no sabía que ya era conocido en todas partes por este sobrenombre, no solamente en mi casa, en toda Lanas Aragón.
Recuerdo que un día me hizo una proposición y que yo rechacé. Yo creo que si hubiera sido ahora la había aceptado.
-Mira Paquito -me dijo-tu eres molt bon xiqueti eres molt intel-ligent, jo tinc un cossi meu que es Fransisca. Vaig a parlar en ell i vullc que parle en tu. Si vols pots anar al seminari, estudiar lo que vullges i endespres cuant tingues que jurar els vots, diues que no vols i netents una carrera que no t'a costat res. -(Mira Paquito, tu eres muy buen chico y eres muy inteligente, yo tengo un primo que es Franciscano. Voy a hablar con el y quiero que hable contigo. Si quieres puedes ir al seminario, estudiar lo que quieras y después, cuando tengas que jurar los votos, dices que no lo quieres hacer y tienes una carrera que no te ha costado nada).
Desde luego, la propuesta era interesante, pero mi madre no podía consentir que el hijo de Paco, anarquista y liberal, fuera a un seminario; y me quedé sin carrera.
Lo que si que hizo el primo del "tío charraor" es venir a verme. Y hay una anécdota curiosa. Yo a veces, cuando escucho esos ataques tan furibundos a los sacerdotes y a la Iglesia en general, me felicito porque no la he conocido. Todos, sin excepción, han sido conmigo personas estupendas y jamás me han hecho ningún mal.
Quizás parte del secreto está en que somos tratados de un modo parecido a como tratamos a los demás y hay mucha gente que lo único que sabe es criticar. Cierta vez me dijeron que para diferenciar a una gran persona de un mamarracho solo tenía que fijarme en que la gran persona intenta ser mejor por si misma y el mamarracho intenta convencernos de que los demás son peores para destacar el. Actualmente veo mucho mamarracho y pocas grandes personas.
La cuestión es que vino el primo, con sus hábitos y sus zapatillas descubiertas, a hablar con el posible futuro sacerdote.
Mi madre siempre ha sido muy adelantada para su época, quizás fue algo heredado de mi padre, es posible que aparte de disgustos, infidelidades y ausencias, también le dejara esto.
Mi tío Casimiro, se fue hacía ya muchos años al Brasil y desde este nos había mandado un calendario con fotografías de "garottas". Quizás en otra casa el muchacho no se atreviera, en aquella época, a colgarlo en su dormitorio, pero en mi casa si. Y no solo esto, en la pared de enfrente, lucía esplendorosa la Virgen de la Macarena, regalo de mi cuñado Angel que es andaluz.
Llega el franciscano, muy campechano el, y al pasar por mi dormitorio, se queda mirando el calendario con las muchachas Brasileñas ligeras de ropa y mi madre, cortada ella (es broma) le dice.
-¡He, padre!, ¿que hace mirando esa pared?, ¡Usted tiene que mirar solamente aquella otra!.
Y el buen hombre se pone a reir y le dice.
-Señora Fina, no nos engañemos, por fuera y por dentro las dos son mujeres iguales.
Y es cierto, la diferencia nunca está en lo que se ve, siempre está en el corazón. Aunque también es cierto que cuando no se puede destacar por la personalidad se tiende a hacerlo poniéndose encima una feria de abalorios y tonterías.
12)El cine del crimen
Algunas historias son muy conocidas como el asesinato del cine Oriente, que dio pie a una novela y después una película, y que conmocionó la Valencia de los años cincuenta. La mujer de la limpieza de este cine había matado y después descuartizado a su pareja, el gerente de la sala. Los restos los había esparcido por la ciudad, disimulados como si fueran de mujer. Cuando la detuvieron, hallaron la cabeza de la víctima en una caja metálica de galletas, cubierta con serrín, detrás de la pantalla. El cine proyectaba esos días La muralla invisible.
Tejedor va más allá del suceso y narra como después los propietarios del cine lo rebautizaron San Carlos intentando salvarlo de la mala fama. Después, Acroy y más tarde Junior. En 1981 fue pasto de la piqueta y, como cantaba Serrat en 'Los fantasmas del Roxy', en su lugar se levantó un edificio de viviendas y en sus bajos una sucursal bancaria.
13)¿Por que?
Por circunstancias, nosotros hemos sido una familia muy pequeña. No es que hayamos sido pocos, porque mi madre tenía 3 hermanos más y mi padre 4. Si a esto le añadimos primos y esposas, se verá que no somos una familia corta. Pero si tenemos en cuenta que por parte de mi madre mis tíos Luis e Isabelita no tuvieron hijos y que mi tío Manolo se fue a vivir a Bilbao, mi tío Casimiro a Brasil y que a mis abuelo Paco y familia de mi padre mi madre no me dejaba prácticamente verlos y a mi tía Amparín y familia tampoco le hacía gracia, se verá que aparte de mis hermanas y mis tíos Luis e Isabelita, la familia ha sido para mi muy reducida.
Por esto es que siempre me ha gustado mucho el tener familia. Era una cosa que deseaba terriblemente. Mi matrimonio me dio la posibilidad de formarla y me lancé a ello con ilusión.
Lamentablemente los poderes económicos decidieron que era mejor que todos viviéramos separados y en vez de una casa hubieran dos, y dos aguas, y electricidad y coches, etc... y si a esto le añadimos una esposa fácilmente manipulable por la propaganda feminista y terriblemente apegada al dinero se entenderá que al primer bache económico, después de 30 años, se lanzara alegremente a deshacer la familia sin pensar en hijos, futuro, ni esposo, al que lógicamente nunca había querido.
Así pues, a los 50 años me encontré sin trabajo, sin familia y sin ganas de vivir. Fueron días duros de los que salí gracias a algunos amigos que me tendieron la mano, con cariño y con dinero, ya que pasé una temporada larga que si hubiera muerto, nadie se habría enterado puesto que casi nadie se interesó por mi.
Por esta razón, veo que el tiempo pasa, nuestros antepasados van llamando a la puerta del tiempo con ganas de que estemos juntos otra vez y nuestras pequeñas historias que, al fin y al cabo, son las que, de alguna manera, han configurado a nuestras actuales generaciones, no sólamente se van a perder sinó que son tapadas con mentiras y engaños para conseguir fines políticos.
Así pues creo, y seguramente estaré equivocado que, puesto que a mi me hubiera encantado conocer algo de mis antepasados, quizás a alguno de nuestros hijos, nietos o futuros descendientes, les interese conocer estas pequeñas cosas que endulzaron nuestras vidas y que nos hicieron reir o llorar. Si es así, habré conseguido mi objetivo, si no, perdonarme por el tiempo que hayáis podido perder en leer estas tonterías.
7.El cine Ribalta.
«El cine Ribalta, el querido cine de barrio. Cuantas veces he visto al bueno atrapar al malo, cuantas veces los espada-chines han cruzado sus espadas en su salón que olía a tortilla y humanidad.
Ahora los niños tienen las tablets, los móviles y el odenador, juegos en tres dimensiones, realidad virtual, etc pero, todo esto ya estaba inventado y nosotros lo teníamos en el Ribaltilla.
Cuando los caballos trotaban por la pradera, todo el cine trotaba, los niños saltábamos en nuestros asientos al paso del caballo y cuando el monstruo movía sus palpos viscosos, nosotros los notábamos deslizarse por debajo de nosotros. Pero, no preocuparse, nunca pasaba nada porque estábamos con mamá y nada malo puede pasar estando cerca de su aura protectora.
Por las noches, en el Ribalta se juntaban los mil olores de las cenas que, a falta de televisión, la gente se llevaba al cine.
Podías ver a Burt Lancaster en medio de la selva y entre los chillidos de los monos y los rugidos de los leones, oías él agudo sorber de la salsa de los caracoles. Y todos comíamos un poco de estos caracoles o de la tortilla de habas que llevaban nuestros vecinos de asiento. Reíamos con los mismos chistes y llorábamos a la vez con la pobre huerfanita desamparada.
Era un cine en el que siempre ganaba el bueno y el malo tenía su castigo, unas películas que nos enseñaban a ser mejores y tocaban la fibra sensible haciéndonos más personas.
Que cantidad de historias llevábamos en la cabeza cuando se encendían las luces, empezábamos a salir y oías el golpeteo de los asientos al ser plegados por los acomodadores y, ya en la salida, todas las madres nos ponían el abrigo y una bufanda para que sus Blasitos no se resfriaran y emprendíamos el camino a casa, que se encontraba muy cerca del cine, pero que nos parecía que estaba lejos, muy lejos y quizás, por el camino, nos encontraríamos con el monstruo o al pasar por el mercadito de Jesús podríamos oír los gritos de guerra de los Cheyenes.
Con el tiempo, el Ribalta lo transformaron en discoteca primero y después sé cerro definitivamente porque ya no había vecinos que se quisieran llevar el bocata de tortilla con habas, ahora se compran "palomitas de maíz" y ya no se llaman "rosas", no se escucha el sorber del caldo de los caracoles, pero de vez en cuando, en los multicines, le suena el móvil a algún despistado. Y cuando salimos nos miramos con desconfianza porque no nos conocemos.
El Ribalta no era un cine, era un sembrador de ideas, un lugar donde nuestras mentes se abrían al mundo, por él sabíamos como era China, o África o los lejanos Estados Unidos que nos parecía lo más grande en modernidad y conocimientos.
Ahora tenemos una televisión que nos atonta con un mundo irreal y nos dice como hemos de pensar, nos manipula haciéndonos comulgar con ruedas de molino, nos dice lo que está bien o está mal nos hace actuar a su antojo e inclusive nos pone en las películas cuando nos tenemos que reír, porque las vemos solos... lo siento, que no cuenten conmigo, yo prefiero el Ribaltilla, con sus caracoles y tortillas, con sus estornudos y algún que otro eructo, pero humano.
La única pena es que no solo ya no está mi cine sino que tampoco podría ir cogido de la mano de mi mamá.»
Ha llovido, y el cielo continua con ese gris cargado de humedad. Parece que estos días son especialmente indicados para el recuerdo. Son de estos días que te das cuenta que vives en una soledad absoluta aunque estás rodeado de gente. Eres simpático y campechano mientras no representas el más mínimo problema. Eres estupendo cuando das, pero eres un maldito cuando necesitas.
Hay pequeños detalles en la vida que desaparecen. Quizás por ser tan minúsculos pasan desapercibidos, no forman parte de la historia y sin embargo, cuando algunos hechos los traen a nuestra mente, los saboreamos como bombones que la han endulzado haciéndola un poco más grata.
Actualmente, este mundo que veo a mi al-rededor es totalmente falso, fruto de una necesidad de dinero que es casi imposible ya de satisfacer y por el cual se miente, se engaña e inclusive se mata. Los poderes políticos nos mienten y manipulan constantemente y los grupos de poder y el gran capital intenta por todos los medios que no pensemos. Los niños pequeños, que todavía no son conscientes de esta vorágine, te muestran la verdad. Últimamente le di a mi nieta un montón de peluches para jugar y ella se paso todo el rato jugando con el cucharón y la espumadera de la cocina. Ella necesitaba el cucharón y la espumadera, los peluches los necesitaba yo para sentir que le daba un "juguete".