La llegada
Noviembre Lunes 10.35

Después de 40 años fuera de mi Valencia y mi mediterráneo, he vuelto. Mucho ha llovido desde que dejé estos queridos barrios por los que hoy estoy paseando. No son iguales, todo ha cambiado, no veo la tienda de Carmen la panadera, de Blas y su estanco, Alberto y su peluquería...Nada es igual, nada tiene el mismo olor, no oigo los mismos sonidos, nadie me mira, nadie me saluda. Es normal, aquel niño que jugueteaba en aquel solar, que hoy ocupa esa finca sin ningún estilo y que cubre su fachada con carteles anunciando las rebajas de una tienda de ropa murió hace mucho cuando ser convirtió en aquel jovencito, flacucho y piernilargo, que tomaba el tranvía todos los días, para trabajar de aprendiz de vendedor en la Gran comercial ADN, que decían que significaban Artículos De Novedad pero que coincidían perfectamente con el nombre de la mujer del dueño Antonia Donderis Navalón. En fin, fuera lo que fuera hoy en día no se llamaría, seguramente, así porque parecería que comercializaban el ADN del ser humano.

El sol ha querido saludarme y hace un día espléndido. Siempre he añorado este sol de mi Valencia y he intentado engañarme cuando, paseando por las calles de San Francisco donde resido actualmente, cierro los ojos y me imagino que me encuentro en este mismo lugar, que voy a abrirlos y veré enfrente de ellos la finca donde nací. Hoy por fin voy a hacerlo y sé que mi sueño está ahí mismo. Ajada, maltrecha y sucia por los años, pero está ahí mismo. Mi casa.

Lamentablemente he tenido que solicitar permisos para poder entrar en lo que fue mi hogar durante más de veinte años. La finca va a ser derribada y, junto con algunas otras adyacentes, pasará a ser unos bloque de apartamentos. Celebro el haber venido solo para unos días y no asistir al triste espectáculo de su demolición. Ahora tengo esos permisos y el guardián está enterado de mi visita.

-¡Buenos días señor Lester! -me saluda cuando me ve acercarme- Buen día nos ha dado Dios hoy.

-¡Buenos días muchacho! -le contesto- Pero no me llames Lester, en mi Valencia soy Pedro Legal y a mucha honra.

-La costumbre señor Legal, y estamos muy honrados de tenerle otra vez entre nosotros. Yo tengo todos sus libros y no se decirle cual de ellos me gusta más. Yo soy Sebastián, “Sebas” para los amigos. Si necesita algo o tiene algún problema en el edificio llámeme a este teléfono y entraré inmediatamente.

-Gracias Sebastián, no creo que tarde mucho en salir.

Y con un ligero toque en su gorra, Sebastián me abre la cancela y me indica que puedo pasar.

Conforme me acerco al patio los recuerdos, las emociones y las sensaciones llenan cada poro de mi piel. El simple hecho de abrir la puerta del patio me llena de sentimientos encontrados. La alegría de mi niñez y adolescencia por una parte y el dolor de la separación de mis padres para intentar una vida mejor en otro país, unido a su perdida al poco tiempo de mi partida.

El patio huele a cerrado, pero de vez en cuando me parece percibir el aroma del perfume de mi madre, jazmines, rosas, y un poco más adelante el más varonil de mi padre, algo así como Ronquina que tenía en una gran botella porque debía de ser muy barata. Los escalones, de piedra, están desgastados, subo lentamente, degustando cada paso, y de pronto otro olor parece flotar en el aire, el de una paella que estaría terminando mi padre. ¡Nene! -escucha mi subconsciente- Deja de jugar y sube que la paella está ya casi terminada.

La cuarta puerta. Pulso el timbre sin esperar respuesta. No necesito llave, la puerta está solamente entornada y descansa hacia un lado porque la bisagra superior está rota. El sol ilumina el pasillo porque entra desde la sala por las ventanas, en las cuales ya no quedan apenas cortinas, las pocas que aguantan la edad y el maltrato, ofrecen unos lunares verdes manchados de mil sustancias desconocidas. Poco a poco recorro la casa, su suelo con baldosas negras y blancas que invitan a jugar a las damas, al final del corto pasillo el comedor, con un viejo aparador medio deshecho y sin cajones, una puerta tirada en el suelo da paso a la que fue mi habitación que me espera en penumbra. No me atrevo a entrar, distingo los cajones del aparador tirados en un lado y unas tablas y patas de lo que en su día fue una mesa. Aquel cuarto lleno de trastos fue mi dormitorio, el lugar de mis primeros sueños, donde imaginé estar en la selva con Tarzán y más adelante, mirando encantado al techo, los ojos de una mujer hermosa que me susurraba palabras cariñosas en mis adolescentes oídos. En un rincón todavía resistía sus achaques una silla en cuyas patas unas arañas habían construido unas telas preciosas.

No quería llorar, pero algo me atenazaba el pensamiento y me hacía notar en mi frente las manos de mi madre, y en mis hombros los abrazos de mi padre y por las ventanas abiertas me llegaba el olor del salitre del mar y los gritos y risas de mis amigos que jugaban por la calle. ¿Cuántos quedarán con vida?

Me dirigía a la galería cuando recordé unos pinitos que hice a los veinte años como escritor. A falta de novia y sin esperanza de tenerla por mi idea de irme a los Estados Unidos, le escribí varias cartas, más de diez, a una muchacha imaginada que yo tenía forjada en la mente y que sacaba de mí lo mejor de mis instintos y de la que, poco a poco, terminé terriblemente enamorado. Ni tan siquiera le había puesto nombre y simplemente la llamaba “mi bella desconocida”. Todavía recuerdo casi todo lo escrito en estas cartas y que después me han servido para ponerlos en las novelas. Un pequeño párrafo decía...

“No veo madre, ya no veo, porque todo mi mundo lo ocupan sus ojos. No quiero oír madre, no quiero, porque nada me importa si no viene de sus dulces labios, pero acaríciame madre, acaríciame porque se que sus caricias serán tan dulces como las tuyas”

Este pasaje y muchos más salieron de mi corazón juvenil y enamorado que yo firmaba con el seudónimo de “Piter”.

Entonces es cuando recordé que todas estas cartas las había escondido. No quería que las vieran mis padres, me daba vergüenza, ¡qué poco los conocía! Actualmente estoy seguro de que ambos me hubieran felicitado y habrían fomentado mi afición de entonces, y que después ha sido mi medio de vida y ha hecho de mi una persona conocida y sin problemas monetarios. ¡Lástima que ellos no llegaron a verlo!

Recuerdo que las puse en una caja de metal que me dio mi padre, en la que él había guardado tabaco, pipa y cigarros cuando aún no había dejado de fumar; tarde porque eso le causo la muerte. La caja, con las cartas, la escondí en una parte del techo de mi cuarto que estaba rota y se podía levantar un poco, suficiente para que pasara la caja. ¿Cabía la posibilidad de que aun se encontrara ahí?

Miré el techo, el lugar donde recordaba que estuviera el roto y no había nada. ¡Lástima! Me hubiera gustado mucho recordarlas. Pero yo soy, y así me lo dicen mis amigos, una persona extraordinariamente cabezota. Si algo se me mete en la cabeza llegaré a no dormir si no lo tengo claro o si no he encontrado la solución. Con tablas y la silla me hice un pequeño andamio con el fin de llegar lo más cerca del techo y ¡en efecto! El corte del techo se notaba perfectamente. Alguien le había pasado algo de yeso y sin llegar a lijarlo, había pintado todo de blanco. Podía estar mi caja. Así pues, en una casa pendiente de ser derribada, nadie me pediría explicaciones por haberlo roto y, con uno de los travesaños de la mesa destartalada, me dediqué a la noble acción de abrir un hueco para poder ver si todavía guardaba mi ansiada caja en sus oscuras entrañas. Al tercer o cuarto golpe noté que algo saltaba dentro y con el corazón acelerado pasé la mano y noté lo que, sin lugar a dudas, era mi cofre del tesoro.

La tomé y como si fuera un bebé entre mis manos me fui con a abrirla al salón. Nervioso, la destapé y...No eran mis cartas, estas no estaban, pero había un pequeño paquete atado con una cinta y un papel doblado y escrito con una letra menuda que, en su cara superior ponía “No te conozco Piter, pero te amo”.

Ni en la mejor de mis novelas había imaginado un principio tan extraño y, sin embargo, me estaba ocurriendo verdaderamente a mi. ¿Quien podría ser aquella mujer que me contestaba solamente sin conocerme, era una declaración a través del tiempo y del espacio. Unas cartas de amor, por mi parte a la bella desconocida y una contestación de ella teniendo la casi seguridad de que nunca la leería Piter.

Cuando me quise dar cuenta había pasado más de media hora y seguía apoyado en la pared releyendo el corto párrafo y ni tan siquiera se me había ocurrido ver que había en el pequeño paquete.

Deshice los nudos que lo sujetaban y al quitar el último pedazo de papel, algo calló al suelo. Me incliné y vi una pequeña piedra blanca y redonda. La tome en mi mano y miré para ver si había algo en ella que la hacía especial. No vi nada, pero con el mayor cuidado me la guardé en el bolsillo. Pero en ese momento me di cuenta de que en el papel que la había envuelto había escrito algo. Lo alisé con el mayor cuidado y con una ilusión de adolescente a mis 60 años, leí “En esta pequeña piedra te dejo un beso”.

Allí estaba yo, con mis achaques incipiente, mis cabellos blancos y mi porte de adulto a punto de ya ser anciano y notando un corazón desbocado de joven de veinte años. No sabia si avergonzarme o felicitarme por haber ganado un tiempo para soñar como si estuviera en otra época en la que todavía existía el romanticismo, en que un simple beso en una piedra me hacía mucho más feliz que cien de mujeres que solo cuidan su cuerpo porque ya hace mucho que perdieron el alma.

Piter Lester quizás habría guardado la piedra y la carta como recuerdo, pero Pedro Legal no, ¡Ni mucho menos! Pedro Legal tenía que conocer, si era posible, a su bella desconocida. Tenía una semana antes de que contratos en EEUU requirieran su regreso a EEUU. ¡Y Pedro Legal lo conseguiría!

Mañana intentaré buscar a los propietarios, y si me conceden una entrevista, espero conseguir alguna aproximación a mi bella desconocida.