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Vivencias.

Recuerdos.

Juanito Feliz.

Juanito Feliz era un niño pobre. Su familia era muy humilde. Habían superado la guerra y a causa de ella su padre había muerto cuando él apenas tenía un par de años.

Juanito Feliz vivía en una casa muy chiquita, con sus abuelos, sus tíos, su madre y sus dos hermanas.

Pero él era feliz. Se sentía feliz porque tenían para comer, algunos juguetes y mucho amor.

Cuando salía a la calle se encontraba rodeado de personas buenas, sus vecinos eran como parte de su familia, todos le conocían y saludaban con cariño.

En el colegio nunca se sintió amenazado y todo lo que allí aprendió, al cabo de los años se dio cuenta de que le había servido para mucho en la vida. Le enseñaron, no solamente los ríos, la gramática y matemáticas, también urbanidad; supo que tenía que ceder el asiento a las personas mayores y respetarlas, que tenía que comer sin hacer ruido y que no debía coger de la mesa todo lo que a él le apeteciera sin pensar en los demás.

El paso del tiempo le fue haciendo mayor y siguió aprendiendo cosas. Y siguió creciendo siendo feliz, y se sintió recompensado porque la gente lo quería y el también quería a todo el mundo. Respetaba y se sentía respetado.

Él no sabía de derechas ni de izquierdas, sabía que su padre había sido anarquista y que había muerto por serlo. Le contaron muchas cosas buenas de él. También algunas malas.

Y siguió haciéndose mayor y comenzó a trabajar de aprendiz. Y también en el trabajo continuó sintiéndose respetado y querido. El dueño de la empresa, con muchísimos trabajadores, cuando visitaba el lugar donde él trabajaba le conocía por su nombre, le preguntaba si estaba a gusto y siempre tenía una frase de cariño, y al conocer que le gustaba leer ordenó a la encargada que le diera todas las semanas cinco duros para comprarse un libro.

Tenía muchos amigos y salía con ellos, iban a todas partes y nunca se metieron en peleas. Hicieron gamberradas, salieron con chicas e hicieron “guateques”. Nunca se sitió perseguido por la policía ni acosado por el clero, ni por nadie. Cuando mas tarde, por su trabajo, tenía que ir a los bancos y llevaba grandes cantidades de dinero para ingresar, ni se le pasó por la cabeza que le pudieran atracar.

Fue progresando en el trabajo, siguió estudiando y finalmente se casó formando su propia familia. Tuvo hijos y poco a poco, con su esfuerzo, se fue labrándose un patrimonio, como otra mucha gente de su época. Tenía una casa en la que vivían, otra en el pueblo para el veraneo… incluso llegó a poseer otras dos propiedades pensando en el día de mañana de sus hijos. También la mayoría de la gente que él conocía tenía, como mínimo, su casa y un terrenito o una casita para disfrutarla en época de vacaciones.

Tuvo un gran impacto cuando se enteró por la tele que en Francia habían matado a estudiantes por protestar. Pensó que eso aquí no podría pasar porque aquí se vivía bien.

Y un día se alegró mucho porque se anunció que llegaba la democracia y dijeron que ya dejaríamos de vivir mal y que a partir de ahora viviríamos en libertad. Así que soñó con el futuro de esplendor que tendrían sus hijos.

Y gente mucho más inteligente que él le fueron abriendo los ojos. Periodistas que salían en la televisión y en la prensa le explicaban que lo que él había vivido era un espejismo, que nunca había vivido bien y había sufrido una represión terrible. Así que si los que sabían más que él lo decían tenía que ser verdad.

Y vio como las cosas cambiaban para mejor, y aunque los trabajos comenzaron a estar muy difíciles, los niños perdieron el respeto no solamente hacia sus mayores, también a sus profesores llegando a agredirles y en cuanto crecían también a la misma policía, curiosamente todos los periodistas, famosos, artistas, etc... -la gente de la cultura-, le explicaban que esto era lo bueno, porque al fin todos podían hacer lo que les daba la gana; así que él también se puso muy contento.

Pronto vio que con aquel cambio sus hijos nunca podrían hacer el patrimonio que él había hecho trabajando, ya que el mundo empezaba a ser, ya no de los inteligentes, si no de los sinvergüenzas, ladrones, oportunistas…, y sobre todo, de una especie autóctona que empezó a florecer con una fuerza imparable: los políticos. Pero le explicaron que esto era lo bueno, porque los periodistas lo decían. Los periodistas eran los propietarios de la verdad y tenían libertad para manipular, mentir y contar todo lo importante que ocurría, como las veces que fulanita se había acostado con menganito, o cuanto había robado tal político –claro está siempre que éste no fuera de su misma doctrina política-.

Los artistas también ya eran mejores porque en las escenas de cine ya no hacía falta rebuscar un pretexto que, tras el beso, nos diera a entender que fulanito se acostaba con fulanita, sencillamente con filmar directamente un cuarto de hora de fornicación explícita la cosa estaba hecha. Y efectivamente, Juan Feliz entendió que todo aquello era bueno porque, además de que los jóvenes lo aplaudían, sabía que todos ellos, y ellas, ganaban verdaderas fortunas.

Y para estar acorde con los nuevos tiempos, su mujer se divorció de él. No había malos tratos entre ellos, no había cuernos, no había nada que Juan Feliz considerara lógico para que al menos lo justificara y poder sentirse culpable, pero al parecer venían ocurriendo dentro del matrimonio otros hechos terribles, como su falta de afición a bailar –según alegó ella en su solicitud de divorcio-. También fue una pena que, por casualidad, aquel deseo repentino de ella ocurriera en un momento en que, por circunstancias ajenas a él mismo, a Juan Feliz le fallo el trabajo –y los ingresos-. En otra época seguramente esto se habría arreglado y la solución habría sido más sencilla, pero estábamos en un mundo maravilloso de progreso y modernía en donde todos vivíamos muy bien. Se forró el estado, los abogados, y los notarios. Salieron ganando las compañías de suministros porque para abastecer dos casas se necesitaron dos contratos de luz y aguas potables. Todo ello a cuenta de Juan Feliz, claro.

Naturalmente quién mas ganó fue la familia que pasó a disgregarse y a ser mucho más libres todos. Y al haber más oferta de mano de obra que de trabajo, costaba encontrar uno y comenzaron a caer los sueldos, y Juan Feliz llegó a pensar en lo libres y felices que se deben sentir los muertos: pueden hacer lo que quieran, nadie les va a decir nada ni a sacar el dinero.

Y todos los días se veía bombardeado por noticias explicándole lo mal que lo debió de pasar él de joven. Y hasta algunos amigos y familiares, con casas y chalets adquiridos en otra época, le explicaban ahora lo mala que había sido aquella situación y lo bien que se vivía ahora, aún con la fortuna de conservar el patrimonio anterior.

Los jóvenes, sin futuro, se asombraban de lo mal que habían vivido sus padres, y mientras los saqueaban los criticaban por no saber aceptar los beneficios de la nueva buena vida.

Y siguieron diciéndole que esto era lo bueno porque ahora sí había libertad, y a los niños ya no se les enseñaba a ceder el asiento en el autobús. Se les explicaba que la libertad era hacer lo que les diera la gana sin recibir reprimendas. Y Juan Feliz vio como a las cosas se les cambiaba de nombre en perjuicio de muchos para el placer de unos pocos... y los hombres se casaban entre ellos y las mujeres se casaban entre ellas, y los adolescentes se drogaban y emborrachaban en público y se les enseñaba a masturbarse en las escuelas.

Y se alegró mucho al contemplar lo felices que eran ahora los ricos y lo fácilmente que engañaban a los pobres. Y vio cómo los políticos ganaban millones, de nuestros impuestos, mientras levantaban el puño cantando la Internacional. Los salarios seguían insuficientes y de las pensiones de los mayores vivían los hijos aún sin trabajo. Mientras se regocijaba con todos estos beneficios modernos se acordó de novelas como Fahrenheit 451, Un mundo feliz, 1984 y otras muchas, y recordó un dicho antiguo que decía: “quien por su gusto muere, nadie le llore” y Juan Feliz fue feliz.

Solamente un hecho le llenó de pesar, y era el reconocer lo equivocado que había estado gran parte de su vida creyendo que de joven había sido feliz.

F.O.M. con la colaboración de R.M.M.
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