Pequeños cuentos


Puntos de vista.

Para mentes inquietas.

En la primera mitad del siglo 20, no más lejos de la primera decena, habían dos pequeños pueblos separados por un riachuelo. Ambos pueblos eran de algo más que aldeas, pero la bonanza del clima y una cadena montañosa que impedía que llegara a ellos el helado frío del norte hacía que sus campos dieran pingües beneficios a los dos pueblos y poco a poco iban siendo más ricos.

Albulín del llano tenía unos bosques que le daban muy buena madera y en las faldas de las montañas, y en parte del llano, en terrazas muy bien arregladas unas viñas procuraban unos vinos exquisitos que se vendía en la lejana ciudad.

Niñoseco de abajo tenía unas huertas muy feraces y eran muy famosas las frutas de sus árboles. Como veis, eran dos pueblos muy felices.

Varias veces al año, los vecinos de las dos poblaciones se reunían el las llanuras para festejas la primavera, el otoño o cualquier otra idea que les sirviera para hacer una fiesta. La historia de los dos pueblos se desarrollaba en completa armonía hasta que...

Don Sisilio, el párroco, recibió la visita de un amigo, también sacerdote, que le tenía algo que comunicar.

-Sisilio -comenzó el compadre- lo primero que tengo que decirte es que el obispo está muy contento contigo. La parroquia la llevas estupendamente y recibimos muy buenas limosnas. Tanto es así que han hablado conmigo para que, con tu ayuda, reconstruyamos la vieja ermita de Albulín del llano porque pensamos que este pueblo tiene ya la suficiente población como para tener su propia parroquia.

-Yo encantado con obedecer al señor Obispo -contestó Sisilio- pero, ten en cuenta Federico que los vecinos de ambos pueblos se consideran prácticamente uno y están acostumbrados a venir a Niñoseco para oír la misa. Creo que será complicado.

-Por esto no te preocupes Sisilio, lo único que tienes que hacer es hablar con el alcalde de Albulín para que nos preste las dependencias de su ayuntamiento y que asista a un par de reuniones que vamos a realizar.

-Y no sería mejor hacerlas en las de este pueblo, son más grandes y acondicionadas.

-Amigo Sisilio, por esto mismo las tenemos que hacer en Albulín.

Dicho y hecho, Don Sisilio hablo con Don Pedro, el alcalde de Albulín y quedaron de acuerdo en una fecha para la reunión. De momento iba a ser secreta hasta que pudieran concretar algunos detalles.

Y llegó la fecha. En una pequeña estancia de Ayuntamiento se reunieron, Don Pedro el alcalde, Sisilio el cura, el padre Federico y otra persona a la que presentaron como Padre Vicente.

-Lamento -comentó el alcalde- que tengamos que estar en esta pequeña habitación, podíamos haber ido Niñoseco que tienen una más grande.

-De eso queríamos hablar con usted, señor alcalde -comenzó a decir el padre Federico- queríamos hablarle de algunas cosas que el señor Obispo, siempre vigilante del bienestar de sus rebaños, ha estado estudiando para estas dos villas.

Vamos a ir por parte y usted me dirá si el señor obispo está en lo cierto.

¿A usted no le parece que, siendo que Albulín cuenta con una población tan grande como Niñoseco y con una renta igual debería tener un Ayuntamiento más acorde con su situación y, como mínimo, de la misma categoría que su pueblo vecino.

-Bueno, pues si -contestó el alcalde- pero prácticamente no tenemos tantos problemas y nos apañamos bien.

-¡Que bueno es usted, señor alcalde! Le voy a decir un par de cosas que el señor Obispo se ha enterado y es por esto que estamos aquí. ¿Usted conocía que se han firmado unos contratos para la venta de madera a una empresas de la capital y los bosques de ustedes pertenecen en gran parte a vecinos de Niñoseco?

-Bueno, pero los bosques son de Albulín.

-Si, pero la madera es de Niñoseco. Ya veo la publicidad “Autentica madera de Niñoseco” o "Gran maderera de Niñoseco".

-¡Caramba! No había pensado en eso. Menos mal que somo muy buenos amigos y llegaremos a un acuerdo.

-Repito ¡que bueno es usted, señor alcalde! Le voy a hacer ver dos o tres cosas . ¿Cómo llaman ustedes a la uva en el lenguaje ancestral de Albulín? Que como usted conoce es de vieja estirpe árabe.

-Bueno, pues nosotros, como en Niñoseco la llamamos uva, cepa, sarmiento, vino...como todo el mundo.

-¡Pero señor alcalde! Ustedes no son como todo el mundo. El padre Vicente, aquí presente, es profesor de lengua e historia, queremos que se haga cargo de una escuela que montaremos en Albulín, porque vamos a poner su pueblo en el mapa. En la antigua lengua de Albulín, que se hablaba en todos estos valles y montañas, se decía Alnuja, bondeja y usinia. Esto no se puede perder, señor alcalde. Esto se tiene que recuperar, han de estar muy orgullosos de su larga historia. Veo que han estado mucho tiempo sin ver lo que tenían al otro lado del río, un pueblo castellano intentando hacer desaparecer la cultura de ustedes. Y le voy a decir otra cosa, amigo Pedro. En cuanto tengamos la iglesia arreglada el obispo les va a regalar una imagen de la Virgen del perpetuo sollozo que cuenta en su haber con más de quinientas curaciones. Y vamos a potenciar su Iglesia que, a un corto espacio de tiempo, seguro que empieza a recibir muchos creyentes y por lo tanto visitantes al pueblo.

-¡Caramba! -comentó el alcalde- Menos mal que me han abierto los ojos. Tendremos la Iglesia, un Ayuntamiento como Dios manda, una escuela que enseñará lo gran pueblo que somos...¡No me lo puedo creer! Que sinvergüenzas que han sido los de Niñoseco. Desde mañana los voy a ir destapando a os vecinos.

-Por supuesto, señor alcalde pero, una cosita antes, recuerde que lo primero tendremos que arreglar la Iglesia, no se, quizás un impuesto que lo Albulinenses pagarán con gusto.

-¡Por supuesto amigos, por supuesto!

Salieron todos y los sacerdotes se dirigieron a la ruinosa Iglesia a darle una mirada.

-Amigos -dijo el padre Sisilio- esto tiene mucho que arreglar, se necesita mucho dinero.

-Lo tendremos Sisilio, no te preocupes, ahora tienen un enemigo del que los protegeremos, hablan un idioma distinto que los separa, una Virgen milagrosa que los agrupa y unas promesas de grandes ganancias que los enloquecen. No puede fallar.


La vida es una obra teatral que no importa cuánto haya durado, sino lo bien que haya sido representada. Séneca




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