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La crisis del “Coronavirus”

Vivimos momentos muy graves. Desde luego uno de los más dramáticos de mis, casi, setenta años de vida.

Cuando el 6 de octubre de 2014 se informó del primer contagio humano del virus del Ébola fuera del continente africano, en España gobernaba el Partido Popular de Mariano Rajoy. Teresa Romero, auxiliar de enfermería del Hospital Carlos III, fue la primera y única contagiada de este virus. Permaneció ingresada aproximadamente 26 días. El 1 de noviembre de 2014 recibió el alta y el 2 de diciembre la OMS consideró a España «país libre de Ébola» al no detectarse más positivos. Solo dos enfermos repatriados desde África – misioneros ambos– fallecieron. Hubo 17 personas aisladas y unas 80 en seguimiento. El de Teresa Romero fue el único contagio confirmado en España.

Aquel caso se vio fuertemente politizado y utilizado por PSOE y Podemos, partidos en la oposición en aquel momento, que criticaron con dureza la gestión del PP acusando directamente a la ministra de Sanidad, Ana Mato, e incluso culpando de la “epidemia” directamente a Mariano Rajoy. Pablo Iglesias -hoy vicepresidente del gobierno- llegó a decir: “El caso del Ébola es una muestra del coste que tienen los recortes y de la incompetencia del gobierno del PP. Hay responsables, que den la cara.” Y Pedro Sánchez (PSOE) añadía: “Rajoy es responsable de la crisis del Ébola por poner a una irresponsable en Sanidad.”

Cuando hoy veo en las imágenes de televisión las principales ciudades del mundo completamente desiertas, desoladas, vacías de cualquier signo de vida, con la excepción de los servicios de emergencias, fuerzas del orden y ejercito, rápidamente me viene a la memoria cualquiera de las películas catastrofistas a las que, fundamentalmente los norteamericanos, nos tienen acostumbrados. Solo que ahora la película se ha hecho realidad y resulta que no existe ese “Rambo”, o ese imaginario equipo de listos, que siempre sale en el último momento y salva a toda la humanidad -eso sí, bajo la bandera dominante norteamericana-.

Lo que está ocurriendo ahora no es una película, no es una ficción. No. Es una realidad. Una realidad que estamos padeciendo de una manera tan real y cruda que, para cuando el 11 de Marzo la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró de forma oficial la pandemia, ya se habían multiplicado por 13 los casos de Covid-19 fuera de China, epicentro del brote, y se habían registrado más de 118.000 positivos en 114 países y las muertes ascendían nada menos que a casi 5.000 personas.

En España:

El 31 de enero se producía el primer contagio (en La Gomera) contagiado tras mantener contacto en Alemania con un infectado por el virus de Wuhan. Ya el 12 de Febrero, y ante la negativa de las principales empresas de nivel mundial a acudir al Mobile Worl Congress de Barcelona, y debido a las dudas de nuestras autoridades locales, que valoran las importantes pérdidas económicas que supone para Barcelona su suspensión, son los propios organizadores los que deciden suspenderlo por temor a un contagio generalizado. Ese mismo jueves 12 de marzo por la tarde, en el territorio español ya se habían superado los 3.000 casos de infectados con 86 fallecidos. Aún así el gobierno de Pedro Sánchez sigue desestimando las primeras recomendaciones de la propia OMS, anunciadas incluso antes de declarar oficialmente la pandemia, y también hace oídos sordos a la llamada de atención de las demás fuerzas políticas en la oposición, que a la vista del panorama catastrófico de emergencia nacional y confinamiento declarado en varios países, como Italia, recomiendan al gobierno empezar a aplicar medidas restrictivas severas y proveerse de ingentes cantidades de material sanitario necesario, como medida de precaución, ante la llegada y posibles contagios descontrolados de un virus, completamente desconocido y letal, para el que no existe vacuna. “España estará en una semana en las mismas condiciones que Italia”, avisaba ese mismo jueves el ex primer ministro italiano Matteo Renzi.

En tales circunstancias de alarma internacional, el gobierno, nuestro gobierno, incomprensiblemente todavía autoriza los grandes eventos deportivos habituales de la primera semana de marzo -mientras que en varios países ya se han suspendido- y estimula activamente las masivas concentraciones político-sociales previstas para el 8M (Día de la Mujer) a la que acuden encabezando la manifestación, como no puede ser de otra forma, la propia esposa del presidente y varias de sus ministras, -tres de ellas además de la esposa del presidente resultarían infectadas días después- al tiempo que él mismo intenta restarle importancia a la crisis que se avecina, en sus primeras intervenciones de televisión.

El 13 de Marzo, España pasa la barrera de las 100 muertes con 4.231 positivos y a la vista del cariz que el número de infectados y fallecidos está tomando en todo el Estado, el gobierno de Pedro Sánchez al fin, ahora sí, decide decretar el Estado de Alarma durante 15 días, confinando en sus domicilios a la totalidad de la población española, salvo los servicios sanitarios, de orden público y transporte. Queda totalmente prohibido salir a la calle, deambulando por ella, excepto para efectuar las compras necesarias y en todo caso circulando una sola persona por coche. Para ese momento, ya la infección se ha extendido de tal manera que ante la insuficiencia de medios técnicos y humanos, Sánchez decreta una segunda orden y moviliza también a las Fuerzas Armadas de la UME. Ante la falta de previsión inicial del gobierno, pronto se agotan todas las existencias de medios de protección, guantes, mascarillas, batas… y los profesionales sanitarios, y todos los que colaboran frente a esta epidemia, volcados de forma ejemplar en su labor, se encuentran tan desprotegidos que no tardan en ser ellos mismos los infectados por miles. Pronto se ve que no hay respiradores mecánicos suficientes, ni UCI disponibles, y las urgencias de los hospitales se colapsan, principalmente en las grandes capitales, a las que pronto les siguen el resto de ciudades. Posteriormente, a finales de marzo, se sabe, por las declaraciones del responsable de la Policía Nacional, que admitía públicamente, en el propio Palacio de la Moncloa -y ante el pasmo del secretario de Estado de Comunicación, presente en la rueda de prensa- que desde enero ya buscaba mascarillas para sus agentes.

Las autoridades médicas reclaman al gobierno test de detección primaria como primera medida de prevención, al igual que hacen otros países, y el gobierno ordena a toda prisa la compra de 650.000 test de detección del coronavirus, cuando llegan resulta que no sirven y se han de devolver. Ante el evidente desabastecimiento de equipos de protección, son las grandes empresas españolas como Inditex -Amancio Ortega- fabricando batas y mascarillas en sus propias fabricas, y trayendo por sus propios medios equipos de protección desde China, y otras como Mercadona -Juan Roig- poniendo a disposición del pueblo a sus 90.000 empleados -ejemplares también- para que no falle la distribución en la alimentación, las que desde el primer momento se vuelcan espontáneamente y colaboran directamente con el gobierno. Sin olvidar a cientos de pequeñas empresas privadas, y hasta asociaciones locales, volcadas en fabricar ingeniosos respiradores, mascarillas, batas y todo aquello necesario para la protección de los que permanecen incansables en primera línea, ofreciendo en demasiados casos su propia vida y dando un ejemplo de abnegación, sacrificio y entrega inédito en España.

El 27 del mismo mes de marzo el gobierno amplía el periodo de alarma por otros quince días. Para entonces los contagiados en nuestro país ya son más de 64.000 y los fallecidos casi 5.000, -tan sólo en las últimas horas del día 28 fueron 769 las nuevas víctimas del Coronavirus- y los científicos no tienen ni idea de adonde podemos llegar. El miedo inicial que se apoderó de la población durante los primeros días, provocó la afluencia masiva a los supermercados acaparando alimentos compulsivamente vaciando las estanterías de los mismos ante la incertidumbre inmediata. El lema: “Quédate en Casa” extendido por todos los medios de comunicación se impone, apoyado por las fuertes sanciones y detenciones aplicadas en muchos casos, por las fuerzas del orden, ante la picaresca de algunos irresponsables desobedientes. Comienza a surtir efecto en la población y la gente se queda en casa. El confinamiento obligado despierta la inspiración y moviliza las redes sociales que se vuelven más activas que nunca entre la gente, que las satura con millones de mensajes, chistes y podcast, pero también críticas referentes a la acción del gobierno. Con los colegios y guarderías clausurados son los abuelos, una vez más, los encargados de entretener a los niños las largas horas del día, supliendo con paciencia e ingenio a unos padres que de momento siguen acudiendo a sus trabajos, con salvoconductos proporcionados por las propias empresas.

El día 29 los fallecidos anunciados ya son más de 6.500 y casi 79.000 los positivos. Las UCI de varias comunidades autónomas están completamente saturadas, En la feria de Madrid (IFEMA) se montan 1.500 camas con los medios de atención básicos para descongestionar las urgencias de los hospitales. La UME

construyen con urgencia hospitales de campaña en diversas ciudades y ante el colapso de las funerarias y tanatorios, la comunidad de Madrid habilita el Palacio de Hielo para acoger los féretros de los fallecidos hasta que puedan ser enterados o incinerados, ante la acumulación de cadáveres. En las residencias de ancianos proliferan los casos de infección que, al carecer totalmente de los medios adecuados, acaban muchos de ellos falleciendo y permanecen en el centro durante horas antes de ser evacuados, ahora son los propios cuidadores los infectados. El mismo 29, domingo, el gobierno da un paso más y anuncia el cierre de todos los trabajos no imprescindibles desde el día 30 de marzo hasta pasada la Semana Santa. La medida anunciada: “…todos los trabajadores a casa -cobrando- y recuperando las horas a lo largo del resto del año desde el momento en que todo vuelva a su cauce normal” carga todo el coste sobre los empresarios, que no han sido consultados ni negociado sus términos ni consecuencias, por lo que el presidente de la CEOE la critica duramente. Aún así llegan de nuevo tarde porque era algo que venían pidiéndole negociar, desde quince días antes, varios de los presidentes autonómicos. Las críticas se generalizan. Sin duda el gobierno va por detrás de los acontecimientos dando bandazos, poniendo parches.

En el aspecto económico el agujero es incalculable. Ya se prevé que el paro pueda crecer hasta los cinco millones tras el alud de regulaciones de empleo y despidos. Mientras, los profesionales sanitarios siguen peleando contra el coronavirus a cuerpo descubierto. Las reclamaciones de respiradores y equipos de protección se suceden a diario y siguen sin llegar, o llegan en cuentagotas a todas luces insuficientes.

Mientras toda esta catástrofe está ocurriendo, la mayor en la historia de España, después de la guerra civil, el presidente Pedro Sánchez, sale casi a diario por televisión con interminables discursos políticos y falsas previsiones echando balones fuera. Nada que decir de su incompetencia manifiesta. La compra “fallida” de los 650.000 test ha sido “un pequeño error”, ya que estos contaban con la homologación de la CEE -dice-, y anuncia que se han devuelto a la empresa para que los reponga de nuevo mientras el gobierno chino advierte que desautoriza a dicha empresa porque no la tiene homologada como proveedor.

Dice que consintieron la concentración de más de cien mil personas el 8M “porque era algo interno, sin riesgo”. El problema económico “…es culpa de la Unión Europea porque en un momento tan delicado nos niega la ayuda económica”, cuando Sánchez sabe perfectamente que Europa, dominada por los países del norte -Alemania, Austria, Holanda, Dinamarca, Francia… los más fuertes- siempre han sido reticente a conceder las ayudas a España, Italia y Grecia por los continuos descontroles e incumplimientos en sus balanzas fiscales (Grecia sigue intervenida por el rescate a que se sometió en su día). Sencillamente, no nos quieren dar un euro porque no se fían de nosotros. Esa es la imagen de nuestro gobierno en Europa. Siempre ha habido ricos y pobres, y nosotros estamos en el segundo grupo. Así que a la hora de la verdad, los del norte dicen: “que cada palo aguante su vela”.

Ha de llegar el momento en que esta desgracia, mortal para tantas personas, deberá remitir. Para entonces a muchos miles de ciudadanos se los habrá llevado el maldito “Coronavirus”. Muchas familias se verán huérfanas de algunos familiares y nuestra economía destrozada va a tardar años en recuperarse.

Probablemente llegará una vacuna, que hará más rico a más de un laboratorio multinacional, y todo habrá pasado... hasta que a alguna otra potencia mundial, con oscuros intereses, se le ocurra “inventar” un nuevo Coronavirus.

Para cuando todo esto pase; para cuando podamos volver a nuestros trabajos, ver a nuestros familiares, salir a tomar una cerveza, ver un partido de futbol, ir al cine, o simplemente charlar tranquilamente con nuestro amigo o vecino, habrá llegado el momento de rendir cuentas porque quizás algunos cientos, o miles, de los fallecidos, se podrían haber evitado.

¡Sí! Tal y como exigieron en su momento Pedro Sánchez y Pablo Iglesias a Mariano Rajoy: Tendrán que dar la cara y rendir cuentas, ellos y un ministro de Sanidad, ignorante en la materia, que ni siquiera es médico, y que ocupa ese puesto ministerial por su tendencia independentista, como una de las cotas a pagar a los partidos catalanes por el apoyo de estos en la investidura de Pedro Sánchez.

Decididamente el gobierno no ha sabido estar a la altura de sus propios compatriotas españoles que, en todo momento hemos demostrado estar muy por encima de nuestros dirigentes, porque durante esta crisis estamos demostrado una unión y un saber estar, ante la adversidad, inimaginable apenas meses atrás. Cada tarde a eso de las ocho se reproducen las manifestaciones en los balcones de toda España

rompiendo en un aplauso unánime a favor de los servicios sanitarios, policiales y de todos aquellos que no ceden un minuto en su esfuerzo por sacar adelante a los miles de infectados. De repente en los hospitales y centros sanitarios nadie se pregunta si el médico, la enfermera, la persona de la limpieza, el policía, el bombero, el militar, o el propio enfermo que es atendido por cualquiera de ellos, es de un partido u otro. Si “nacionalista”, “separatista” o “mediopensionista”. Todos son atendidos con la misma abnegada dedicación, y la misma precariedad de medios. Parece que ha sido necesaria una catástrofe semejante para recobrar la cordura. No ha habido “contagiados y contagiadas”, “muertos y muertas”, solo víctimas y personas atentas a paliar en lo posible, y con un esfuerzo sublime, el estado de gravedad de sus pacientes. El lema: “Entre todos venceremos” es claro, único e inequívoco, no necesita de absurdas diferencias de género.

Lamentablemente cuándo vuelva la normalidad todo este ejemplo de convivencia se olvidará y volveremos con nuestras miserias. Somos españoles y juntos formamos un gran País en el que la gran mayoría, con el esfuerzo cotidiano, vive de forma acomodada en prefecta armonía y convivencia. Pero como españoles también somos contradictorios. Somos “Quijotes”. Los mejores cuando realmente nos necesitamos, pero fácilmente manipulables, irracionales y capaces de matarnos entre nosotros cuando alguien hiere nuestro orgullo por motivos totalmente absurdos.

En el mundo:

Cada año las primeras potencias mundiales invierten miles de millones de dólares, yenes, rublos, euros… en lanzar al espacio satélites espía para controlarse los unos a los otros, llenando y ensuciando el espacio que nos rodea de basura espacial, que imposible de reciclarse ha de permanecer allí por infinito. Conseguir el último modelo de misil, avión o carro de combate es una competencia estúpida que cuesta cientos de millones, sin querer aceptar que la ruina económica de una pandemia, como la que ahora padecemos, podría costearse con cualquiera de esas inversiones.

Las potencias se han preparado para una tercera guerra mundial con bombas nucleares, cuando se ha demostrado que la tercera guerra mundial ya ha estallado sin necesidad de utilizar una sola bomba. La disputa de América-China por conseguir la supremacía global ha generado una situación en la que el más listo ha demostrado que ha sido suficiente distribuir un pequeño virus, algo imperceptible, inodoro, silencioso y tan pequeño que es invisible al ojo humano, entre su propia población, para generar el caos en la economía mundial. China tiene en la actualidad 1.400 M de habitantes, con un índice de pobreza enorme, ¿acaso les importa que mueran unos cuantos miles de sus ciudadanos? A cambio hay demasiados intereses económicos en juego como para dejar escapar la oportunidad.

Realmente, y aunque el origen de esta pandemia está localizado en una ciudad de China, nadie les va a acusar directamente. Los intereses comerciales mundiales no aconsejaran un enfrentamiento semejante. Pero ahora las consecuencias ya sabemos cuáles son y el toque de atención ahí queda. Que el mundo va a cambiar a partir de esto, es indudable. Ya lo hizo a partir del 11 de septiembre 2001 (Las Torres Gemelas). En aquella ocasión fue algo concreto y con un enemigo declarado. Cierto. Pero provocó cambios en el comportamiento ciudadano a nivel global que han quedado para siempre. Ahora volverá a ocurrir. Lo que no sabemos es si nuestros futuros dirigentes aprenderán la lección e invertirán el orden de sus inversiones presupuestarias con miras a la protección, ante las nuevas amenazas que nos acechan en un mundo dominado por dos o tres potencias para las que los ciudadanos no somos más que cobayas de laboratorio o, en el mejor de los casos, simples hormigas obreras que alimentan sus egos y bolsillos.

Para terminar una nota curiosa: en las tres semanas que llevamos de confinamiento se han parado las urgencias médicas habituales. Es cierto que los propios cuadros médicos han cancelado todas sus programaciones médicas dando prioridad absoluta a la atención por el Coronavirus. Pero de repente parece que nadie tiene una apendicitis, se rompe un hueso… o tiene jaquecas o cualquiera de los motivos que habitualmente suelen llenar las urgencias hospitalarias de forma innecesaria.

Y un soplo de esperanza: parece ser, también, que durante el periodo de confinamiento, al no circular coches más allá de lo imprescindible, industrias paradas… en los distintos países, todos los indicativos y mediciones del medioambiente empiezan a dar resultado positivo.

Esto último, lamentablemente, sabemos que tan solo será momentáneo. Pero digno de mención.


La vida es una obra teatral que no importa cuánto haya durado, sino lo bien que haya sido representada. Séneca




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